Pa' no molestar

Los derechos de los victimarios…

Está sentado frente a un enorme ventanal enmarcado en fierro. Acaba de llover. El frío se ha apoderado de todo el entorno y las sombras al otro lado del vidrio brincotean porque el viento les incomoda. Tiene algunos meses en esas condiciones y la pérdida de sus capacidades se hace cada vez más notoria: ya no puede caminar con la misma rapidez y agilidad de antaño; sus sentidos se van cada tarde de precipitaciones con el agua que escurre desde la techumbre de lámina, por la canaleta, hasta el piso y de ahí al desagüe, donde se unen a miles de litros y kilos de desechos corporales; la voz huyó durante la golpiza y a su espalda no llegan más manos para tratar de capturarle porque ahora está solo y condenado a ello.

Ha perdido la memoria. No recuerda la facilidad con que tomaron la decisión, tampoco el horror de la turba y mucho menos las razones por las que está postrado. Apenas se da cuenta de algo, pero el movimiento al otro lado le ha atrapado y por eso deja de recordar, pero no de pensar.

Como en otras ocasiones, juega a adivinar la melodía en el golpeteo y rumores de una batalla interminable entre líquidos y sólidos. Agudos y graves se enfrentan y su mente los va reconociendo y alineando en un pentagrama imaginario que nadie más será capaz de leer, interpretar o ejecutar jamás. Al menos no hasta que alguien invente alguna máquina o algo que permita descifrar todo lo oculto a través de la mirada de quienes, como él, pasan el resto de sus días escuchando llover y viendo sombras brincoteando al otro lado de cristales opacos, pero ello debe ser antes de que pierdan la última de sus capacidades: el miedo…

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Su vida transcurre entre tres entidades en el centro del país desde hace casi siete años. Primero fue por la escuela y después, afortunadamente, porque logró colocarse en una empresa de alimentos que la eligió para uno de sus internados.

Su día, como el de miles y millones más en este país, es bastante duro. Debe levantarse de lunes a sábado a las 5:30 de la mañana. Toma un baño, come algo y camina acompañada por su padre hasta la parada del autobús, que aborda alrededor de las 6:30 (siempre ocupa la parte media de la unidad y en un asiento pegado a la ventanilla porque alguna vez leyó una serie de recomendaciones de seguridad. Se sugería a las mujeres que viajan solas ocupar esos asientos porque entre más trabas se plantean a un delincuente más difícil es que este se decida a atacarles); luego de una serie de trasbordos, alrededor de las 8 y media llega por fin a la empresa, donde permanece -segura- hasta las 5 de la tarde. El trayecto de regreso es siempre igual, con la diferencia de que son dos de sus primos quienes le esperan en el mismo sitio del que partió por la mañana, antes de las 9 de la noche. Si para entonces no ha llegado, ofrecen un margen adicional de 15 minutos antes de empezar a movilizar a todos para llamar a la empresa, amigos, hospitales y, de no haber respuesta, a las procuradurías de los tres estados. Son perfectamente conscientes de las carencias pero confían en que, sin ser una familia de renombre o reconocida a nivel mundial, las autoridades actuarán con la misma rapidez, compromiso y diligencia con que lo han hecho en casos de personas con dinero, fama y amigos. Siempre rezan porque ese día jamás llegue… 

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Son un trío de ebrios, drogadictos malvivientes. Entre los tres acumulan casi 15 años de estancia en prisión por la comisión de delitos como robo a mano armada, portación y consumo de enervantes, escándalos en la vía pública, faltas a la moral y violación, entre otras. Nadie sabe bien a bien cómo es que esa tercia de maleantes buenos para nada estaban libres y se desplazaban sin mayor problema por las calles de nuestra maltrecha y asaltada tierra.

Así son las cosas en este país tan nuestro.

Ellos, dicen los acérrimos defensores de los derechos humanos, tienen y cuentan con garantías: no importa lo que hicieron, ni el agravio cometido y mucho menos la cantidad de personas afectadas por sus decisiones, son seres humanos que merecen, como usted y como yo, la protección del Estado.

Es curioso.

En esta realidad tan nuestra son más importantes los derechos de los victimarios que la sangre y el dolor de las víctimas y sus familiares, lo peor es que si eres mujer la cosa se complica porque entonces gran parte de la responsabilidad por lo que te sucedió “es culpa tuya”.

¿La policía?, ¿las autoridades?, ¿la acción inmediata? La respuesta para esas preguntas siempre ha resultado ser un mal chiste de quienes deciden: “estamos trabajando”.

Son tres “comparsas” que beben cerveza en la calle y aspiran de todo a plena luz del día. No saben, no entienden, no razonan. Los químicos y el alcohol son una mala combinación. Lo aprenderán más tarde, cuando vayan al paradero. Dicen que ya pagaron lo que debían y por eso celebran, por su buena conducta y la intervención del “grande”.

Por eso estaban libres. Porque sus derechos eran más fuertes que los de todos los demás juntos…

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Su organismo tiene problemas para atender necesidades corporales básicas. Por eso pasan horas antes de que alguien se dé por enterado. Por eso hay llagas en sus nalgas y el hedor de su piel se ha convertido en su mejor aliado, compañero y amigo.

Otra vez se hizo encima. Otra vez calla. Otra vez alguien tiene que limpiarle y nadie quiere hacerlo porque conocen su historia y de dónde vino y por qué está aquí, pero están obligados a darle la atención y el castigo del día es ese precisamente: limpiar a esa basura.

Quienes han tenido que cumplir con tales instrucciones han deseado por momentos estar solos con el tipo para sacarlo al patio en su apestosa silla de ruedas y dejarle ahí para que la lluvia se encargue del trabajo sucio, pero se resisten y no por humanidad, sino porque saben que tal acción representaría un severo agravio a la ley y al menos un mes dentro de una prisión para reflexionar en torno a la gravísima falta cometida en contra de otro ser humano.  

Ya no habla y no puede moverse. Los demás saben que está vivo porque sus ojos se mueven hacia uno y otro lado del gran ventanal. Ellos lo ignoran, pero él está jugando con los rostros que forma la lluvia al escurrir porque es como si le recordaran algo que no acierta a saber bien a bien qué es porque no puede recordar mucho, excepto los rostros y las formas del agua. Gotas, sangre o lluvia, quizá semen. No lo sabe porque tal capacidad se ha escapado de lo que le resta de vida.

Ya no es un peligro, la maldita rata ya no dañará a nadie, aunque sigue representando el peor de los males de esta sociedad sin liderazgos, plena de libertinajes y carente de reglas conductuales… 

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Está de pie junto al autobús. Las luces de las torretas policiales iluminan su rostro humedecido por lluvia, llanto y saliva. Sus familiares intentan apartarle pero ella quiere verlo todo. Han puesto ya una gabardina sobre su cuerpo semidesnudo y ella se siente sucia, lastimada, disminuida.

De reojo ve cómo llevan en camilla al hombre que arriesgó su vida por la de los demás, la suya especialmente. Voltea el rostro y aparta un poco los humedecidos cabellos para que él note todo su agradecimiento, para regalarle esa sonrisa tan suya a pesar del labio ensangrentado y para susurrar a lo lejos un “gracias”. Él solo inclina la barbilla y alcanza a musitar un “cuídate” antes de que el dolor le obligue a gritar. Los paramédicos dicen cosas que ninguno entiende y uno de ellos toma su brazo y le inyecta algo.

Son solo dos policías y nada pueden hacer para impedir la reacción de la gente.

Uno se ha desangrado y murió en el pasillo del autobús. Los otros dos están tirados, uno sobre tierra y el otro sobre el pavimento. Este último es el que trata de oponer mayor resistencia y ocasionalmente intenta regresar los golpes. Ya le reventaron el labio, le rompieron al menos tres costillas y le fracturaron una pierna, por eso ya no puede levantarse, pero está tan idiotizado por tanta sustancia que lo sigue intentando sin prestar mayor atención a la roca que se estrella en su cráneo, en la nuca, en su boca.

El compinche, en tanto, obedece y acata las instrucciones. Cada tanto recibe más patadas y golpes en la cara y los costados y, a pesar de mantenerlos medio cubiertos como puede con los brazos, el dolor llega, se aferra y no desaparece. Por eso prefiere obedecer y soportar otra patada a media boca, cinturonazos en la espalda y gritos, muchos gritos que le recuerdan a su madrecita santa que no está ahí para defenderle o enjugar sus lágrimas.

Como puede busca a través de las mirillas que forman sus dedos mientras se cubre la cara. A unos cinco o seis metros está el cuerpo destrozado de su compadrito del alma. Sus brazos y piernas ya no se mueven, ya no grita, ya no puede ordenarle a la joven que se ponga de rodillas y tampoco golpearle.   

De repente el dolor se ausenta. Ya no hay sensibilidad y solo observa a uno que se aleja con un cuchillo ensangrentado del que escurren gotas que proyectan sombras y dan forma y rostro al hartazgo… 

alejandro.evaristo@milenio.com