Pa' no molestar

Se critica de lejitos, se piensa con los esfínteres…

Ramoncito sabe y conoce sus nuevas responsabilidades. Está dispuesto a dejar el alma para cumplir con las encomiendas adquiridas.

Se ha cepillado los dientes, ha usado un poco de colonia luego de una metódica rasurada que le permitió acabar momentáneamente con los pelos en el rostro (en su particular caso no son vellos), vistió uno de los trajes más llamativos de su recién aumentado guardarropa y almidonó esa sonrisa que tantas oportunidades le ha conseguido.

No hay nadie que pueda explicar el repentino acceso a tanto dinero y su muy naciente valentía fue una sorpresa para todos, especialmente para sus amigos más cercanos. Ellos le conocen a fondo. Nadie había mejor en la escuela para confirmar aquello de que también corriendo se gana y lo demostró varias veces. Aunque siempre argumentó ser pacifista, para nadie es un secreto que el niñato mimado tenía protección de alguien que lo cuida mucho aún hoy.

La verdad es que no es un sujeto sobresaliente. Todos sus colaboradores saben que es un arribista, un tipo ventajoso, intolerante y cobarde. Uno de sus cercanos afirma que es un mediocre, pero dicen otros que no es así: “de imbécil solo tiene la cara…”.

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No es época de lluvia, así que no hay riesgo evidente de que algo falle.

Todo está listo: los espacios, las voces, la pantalla y la intrincada historia que han ideado para tratar de convencer a quien pregunte. Además, ¿qué de malo puede haber en una tríada tan sin embargo? Es cierto, la oferta es muy alta para satisfacer una demanda inexistente, pero como es gratis se aseguran espacios repletos y excelentes comentarios.

Por eso hay jóvenes pululando por todas partes, aquí y allá, deseosos de escuchar todos esos instrumentos y al menos una de esas voces. Muchos cuentan con el permiso de los padres, otros escaparon de la escuela y pocos corrieron con la suerte de ser amigo de algún alguien para evitar tumultos, empujones y demás.  Al grupo le atrae la oportunidad y se lanzan porque en su recién descubierta capacidad artística cayeron en la cuenta: no sólo comparten un placer indescriptible por crear, también adoran la música y, en el caso de esta tarde-noche, la voz ronquita de Jenny, el rasgueo sensual del contrabajo, el invaluable sonido de la guitarra y las cadenciosas percusiones rítmicas surgidas y enmarcadas en la felicidad que cada nota encarna. Ayer durmieron hasta entrada la madrugada. Justo en la fecha del concierto había que entregar el desarrollo del proyecto. La juventud suele ser un gran aliado en estos casos y así lo demuestra la increíble energía que desbordan ahora, mientras escuchan a Jenny and the mexicats y se han olvidado de los dos cartones de cerveza consumidos y la escasas cuatro horas y media de sueño acumuladas entre los cinco…

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Dicen que en esta tierra a nadie se le niega un vaso con agua. La verdad es más cruel y habla de la clase de personas que conforman esta sociedad tan distraída y olvidadiza: la frase incluye también becas, títulos universitarios, candidaturas, publicación de libros y hasta recursos suficientes para hacer más grande el circo de unos y, por supuesto, más atractivo el pan para los otros… la gran mayoría.

Por eso hay personajes sin experiencia indicando rumbos, politiquillos de poca monta tomando decisiones y paladines de la cultura ignorando a los propios y enalteciendo extraños.

En “El hombre sin rostro”, película filmada en 1950 y protagonizada por el gran actor Arturo de Córdova bajo la dirección de Juan Bustillo Oro, se escenifica esa enorme, cruel y extraña dualidad humana. El alter ego del personaje se descubre por un afán sobreprotector de una madre manipuladora y ansiosa de poder y ello transforma a un notable investigador en un monstruo que asesina prostitutas y rechaza el amor.

En esta realidad tan nuestra, la prostituta no tiene rostro de mujer, el poder y la manipulación son características natas de un “inexistente” tercero en discordia, el investigador ha muerto y el personaje anda ahí llorando por los rincones tratando de evitar preguntas u ofrecer respuestas.

Acá, entre los presuntuosos ególatras y los especialistas de la comunicación, se juzga a través de redes sociales, se critica de lejitos, se piensa con los esfínteres y se “extorciona” con “c”…

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Ese pinche Chema era un caso. A todos nos sorprendía su innegable elocuencia, la misma que le consiguió acostones, comida y bebida, sin olvidarnos de la oportunidad de visitar otros pueblos y otras tierras.

Al igual que sus compinches, decía conocer y saber. Se sentía artista, curador y crítico especializado y así lograba venderse, aun cuando el traje de fantochez color caqui era evidente. Su máximo logro fue el haber convencido al dueño del changarro, indudablemente, y obtener unos cuantos cientos de miles para una bolsa y algo así como una decena de millones para un propósito o, tal vez, un pretexto. “Cada día es más apasionante el caso de este eterno fracasado…”, piensa el doctor Eugenio Britel (Miguel Ángel Ferriz), mientras observa al investigador Juan Carlos Lozano (Arturo de Córdova) empequeñecerse ante la falta de respuestas y su evidente incapacidad para resolver los crímenes. Uno quiere saber y él se empeña en refugiarse en los brazos de su madre ya ausente. El amigo tiene, ha tenido desde siempre, una increíble capacidad para hacerse de recursos y administrarlos en su favor. Es mentira eso de que el dinero es capaz de destruir los mejores atributos de un ser humano y convertirle en una persona muy distinta a aquella que se formó con la jodidez bajo el brazo y la esperanza en sus noches. Tal no era el caso.

Su grupo, el grupo, ha logrado asaltar las arcas institucionales y no hay nadie que pueda demostrarlo, ¿o sí se puede?

En lo individual huyen ante cualquier intento de averiguación, es cuando envían a todo un séquito de malandrines para que cuiden las puertas, vigilen las ventanas y les cambien las bolsitas de la diálisis peritoneal. Quién sabe.

Lo cierto es que el grupito se reunía en una vieja casona habilitada para tal propósito. Ellos eran los “responsables” de “tomar decisiones”. Ellos daban órdenes, ellos gastaban y decidían qué y cómo había que alimentar a los ansiosos. Todo con la anuencia y los buenos oficios del vitoreado Chema…

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El buen Macario (1960), del genial Bruno Traven, y la no menos destacable obra de Luis Spota, “El billete” (1963), ambas llevadas al cine (la segunda bajo el título de “El hombre de papel”) por Roberto Gavaldón e Ismael Rodríguez, respectivamente, son verdaderas joyas de la literatura mexicana y una excelente muestra del cine nacional, sin olvidarnos por supuesto de la enorme actuación del maestro Ignacio López Tarso.

Recuerdo que cuando leí la primera me inquietó mucho que el mayor anhelo de alguien fuese el tener la oportunidad de comerse un guajolote sin compartirlo, aunque finalmente lo hiciese con la muerte, un personaje tan temido como amado en este país nuestro de hartos disfraces. En la otra me sorprendió la codicia que despierta el descubrimiento de un billete de no sé cuántos miles de pesos por un pepenador mudo que desconfía de todos y termina perdiéndolo al comprar un títere porque quería un hijo.

Macario muere de indigestión y Adán termina llorando al descubrirse engañado por la única persona en la que confió: un titiritero. Entonces la enseñanza manifiesta de estas obras es que no hay nadie que tenga la boca y el estómago tan grandes como para tragarse un ave de corral y que, cuando hay dinero de por medio, también hay muñecos manipulados por un tercero desde sus partes traseras, “de mentiras” pues. Jejeje.

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Esta tarde-noche se antoja especial. Ella está cantando, el coro se escucha con toda fuerza y el ritmo que ha contaminado ya los cuerpos ahí presentes:

…Me voy a ir yo paso de ti,

no haces otra cosa que pensar en ti mismo

Piel de metal

ya no me haces falta…

Juntos, el grupo de amigos sigue disfrutando y compartiendo. En el refrigerador de la guarida espera una buena dosis de cerveza y seguramente alguno comprará más cigarros y quizá hasta el disco de Jenny para escucharlo en casa y comentar todo sobre esta noche en que la gringa sonríe y baila y canta y toca la trompeta con sus manos alargadas y blanquecinas.

…No voy a esperar un día más,

No quiero tus migajas

Quédate tus sueños, tus promesas

y tu tiempo te van hacer falta…

“Habría estado bien que lloviera”, dice uno de los amigos ya en casa. En respuesta recibe la mirada cuestionadora de los otros y decide callarse. Al acomodarse en la silla hace un movimiento con el que, sin querer, tira la botella de cerveza y, aunque ya estaba vacía, es objeto obligado de escarnio, burla y vituperio por parte de los otros. Sonríe y les pide que callen, que no lo estén chingando. Alguien le acerca otra bien fría y, cuando la recibe y siente la gelidez del vidrio, no puede evitar concluir el comentario original: “lo bueno de la lluvia es jugar y divertirse y mojarse. Salud cabrones…”.

alejandro.evaristo@milenio.com