Pa' no molestar

Hay que contar los dedos de la mano izquierda...

Hay una forma para despertar cuando se sueña mal.

Es una especie de mecanismo de defensa implementado por nuestro propio organismo para defender a la mente de los ataques de terror, angustia, tristeza y miedo que el estado onírico es capaz de provocar y materializar para nuestra muy mala, malísima suerte, sobre todo si se trata de un ser querido involucrado en alguna extraña e improbable circunstancia; de la presencia ineludible de algunos de nuestros más aterrorizantes miedos, pesadillas o criaturas; de situaciones a las que jamás nos prestaríamos porque contravienen nuestros principios y valores, y un largo, penoso, atemorizante y preocupante etcétera.

Ellos, todos los que viven en esa mente acalorada, tienen un método diferente al de contar los dedos de la mano izquierda: analizan la situación.

Sucede que son varios, así que uno siempre está despierto y es quien provoca e inicia todo el proceso para definir si continúan en ese estado o deben abrir los ojos y regresar a la redes de esta ensangrentada, triste y preocupante realidad tan suya y nuestra.

El problema, dicen los clásicos, es quién. No importa el cómo, el por qué o el cuándo, esos aspectos como quiera pueden ser atendidos y enfrentarse, pero el primero... ese es preocupante.

Por ejemplo.

En los últimos años han enfrentado en no pocas ocasiones la furia de una especie de máquina voladora autómata cuyo fin es destruir a cualquier persona en el planeta y para ello se vale de rayos de sangre, ruidosos y perversos latigazos de luz y humedad color ocre que, cuando alcanzan a tocar a una víctima, provocan que flote y se convierta en algo parecido a una nube y trapo viejo; pierde su masa original y se transforma en una delgada película y forraje que luego vuela y se coloca sobre el mismo artefacto. Se torna en una pestilente capa exterior, en una mortal arma y en un asqueroso desecho humano volando por los aires junto con otros como ella –ellos-. La única forma de destruirlos es viendo a través de unos orificios en la parte media de su estructura para presionar el botón que se encuentra a la derecha, el del símbolo extraño. Pero acercarse demasiado implica una exposición innecesaria al ataque y la consecuente destrucción.

Por eso hay que llegar a rastras desde su costado izquierdo, donde se localiza su llamado “punto ciego” y, una vez ahí, saltar alto y con una estaca de madera al frente por si es uno de esos seres de boca maloliente y negras intenciones, se parecen mucho…

***

Quisiera darle un nombre, pero no es tan fácil.

No ha logrado reunir el suficiente valor para acercarse y hablar con ella, solo se limita a dejarle hacer y la medida, como sea, le ha dejado buenos dividendos, excelentes resultados e inquietantes experiencias. Recuerda varias.

Hace meses se encontraron en un concierto a beneficio. Ella usaba un traje sastre blanco con una pañoleta del mismo tono anudada al cuello, sin maquillaje. Se percató de ello cuando estuvieron de frente en el vestíbulo del teatro, oportunidad que también aprovechó para confirmar que, efectivamente, es apenas un poco más alta, quizá por 10 centímetros -¿sería el efecto de los tacones?-. Sin lugar a dudas usaba el perfume francés de número impar, ese que obliga en la calle a girar la cabeza para tratar de averiguar de quién es la piel y el exquisito aroma. Un discreto collar de oro con pendiente del mismo metal en forma de un estilizado ángel daba el toque final a la visión. Cuando intentó establecer contacto era demasiado tarde y ella se lo hizo notar dando pequeños golpecillos con su índice a la caratula del discreto reloj en su muñeca derecha y con escandalosos señalamientos en forma de sonrisa.

En otra ocasión, ella estaba alejada. Él la encontró casualmente cuando el seguro del telescopio se corrió y giró para detenerse hacia el noreste, apuntando hacia la nieve en las montañas de cumbres nubosas. Por curiosidad decidió revisar la mirilla y le encontró con sus ojos de noche naciente observando exactamente a lo más profundo de los suyos sin necesidad de lentes y aparatos. Ahí estaba con sus cabellos indomables y la boca entreabierta y todo el vaho rodeándole negando la posibilidad de huir. Le hablaba, estaba seguro que algo decía, pero tímido y torpe como era se resistía a atenderle. Entonces, de la nada, ella se acercó lo suficiente y le murmuró una petición que a la fecha no acaba de comprender: “ayúdame”. 

La mejor fue anoche. Se apareció para jugar con su cuerpo y todas las aguas del río. Él no intentó nada, no podía. Le arrojó a la ribera y le desprendió de penas y posibles arrepentimientos. Jugó sobre la piel con un ramo de hierbas frescas de mañana y ansiosas de sí. Usó los dedos para recorrer el torso, los hombros y las piernas, se deslizó por el contorno del costado izquierdo y ofreció toda la desnudez a sus manos inmóviles, a su boca entumecida, a su virilidad oculta. No hubo respuesta y le dejó ahí. Ella se incorporó y caminó despacio. Le permitió observar el ir y el regresar, el contoneo, la cadencia, las gotas que huían hacia tierra desde una humedad ansiada mil noches con sus respectivas lunas. Así, los ojos apenas cerrados y la boca entreabierta y toda esa piel y todas sus coloraciones se alejaron. Él ni siquiera podía creerlo.

Todas las aguas del río…

***

Su turno.

Estuvo todo el día distraído con la posibilidad de acomodarlas lejos de la entrada, así la retroexcavadora podría tener una mayor probabilidad de éxito sin enfrentar un suelo de tepetate o completamente rocoso, lo cual implicaría un incremento a la cotización del precio original. 500 pesos por hora, había dicho el operador, pero las cosas podrían acelerarse si “alguien” lograba quitar las piedras sobrantes de la cimentación y colocarlas a unos 10 metros del sitio para que no estorbasen las diferentes maniobras, necesarias en la construcción de un espacio apropiado para la cisterna.

Se sentó sobre una y analizó todas las posibilidades: ¿cerca de la barda?, ¿tras las casas de los perros?, ¿en el patio de atrás? Ninguna era buena idea por las más absurdas, disparatadas y variadas razones, así que siguió sentado pensando toda la tarde qué hacer, hasta que se cansó y ordenó al cuerpo comer y beber algo ligero antes de dormir, acción que no pudo concretar por el bendito turno.

Debía haber sabido, debía tener un arma al alcance, debía despertarlos.

En lugar de ello, se dispuso a pensar en las posibles consecuencias de una u otra acción y así le atraparon dos horas antes del amanecer...

***

Es una leyenda antigua, de los navajos, si mal no recuerdo. Los miembros de esa tribu saben que todo ser vivo tiene un lugar y una huella especial y que por eso están todas estas manos a punto de unirse y sucumbir. Es una hermandad universal y por eso la pluralidad es una singularidad de nuestro mundo.

Ellos dicen que en los sueños hay plumajes de aves negras y luces de colores y también fantasías provocadas por pensamientos mal sanos adquiridos o asimilados durante el día que se resguardan el tiempo suficiente para salir a flote justo cuando la mente no tiene el control. Por eso el gran espíritu les enseñó a confeccionar los atrapasueños y a convivir en armonía con los otros espíritus de esta tierra.

Ellos dicen y hablan de la necesidad del descanso y de cómo ésta se convierte en una puerta de entrada que debe ser permanentemente vigilada. Ahí está la respuesta. El vigilante debe ser valeroso para poder enfrentar el mayor reto de los sueños: permanecer conscientes.

Pero es no es todo. Es necesaria una segunda acción para evitar experiencias malignas o rechazar aquellas que a la larga podrían ser un obstáculo en el universo de los sueños y en la vida propia.

En la hora del miedo, en el momento preciso de la debilidad más fuerte, debes colocar frente a ti la mano izquierda y contar tus dedos. Debes saber que eres capaz de razonar y así darte cuenta de que no existes ahí, que estas soñando…

***

Detesta enfrentarle por una sencilla razón: no tiene oportunidad. Lo sabe.

Las cosas ahora se salieron de control y hay golpes en su cara y heridas abiertas en varias partes del cuerpo. Pareciera que el dolor es ahora parte de sí y por eso lo tolera, pero es evidente que lastima y arde por dentro. Algunos huesos en sus manos son visibles y los trozos de carne con que alimentan a esos malditos perros son seguramente partes de su propio cuerpo.

¿Cómo pudo no darse cuenta?, ¿cómo pudo confiar?, ¿cómo pudo ser tan torpe? Recriminar ya no es una opción, de nada sirve en este momento. Desea un poco de agua para su garganta y un poco de aire para sus pulmones, al menos para el único que todavía le funciona.

Piensa en todos los senderos que ya no podrá recorrer y en las playas de un mediterráneo alejado; trata de recrear en su mente magullada las formas, colores, tamaños y movimientos de las auroras boreales del norte y también en todas esas oportunidades que perdió por atreverse a contar sus dedos al estar con ella.

¡Eso es!

Piensa y trata de erguir su cabeza. Los verdugos y torturadores están fumando tras la puerta cansados de golpearle una y otra vez. Ella le observa divertida desde otra ventana, sentada en una mesa de jardín con un mojito huyendo hacia su boca y girando la cabeza negando la posibilidad. Qué lástima. Las manos ya no existen. En su lugar hay dos muñones peleando por ver más allá de sus hermosas piernas…

alejandro.evaristo@milenio.com