Pa' no molestar

Es triste saberlo… yo te hice mujer

Él se levanta cada mañana con la misma sensación de vacío, la misma extrañeza en los labios y el mismo sabor de vida: absolutamente nada.

No habla. Es reservado en exceso. A veces pareciera haber hecho una especie de voto de silencio que ha llegado a mantener por días, pues su necesidad de interactuar con el mundo se ha reducido a no mucho: casi nada.

Despierta y enciende un cigarro que fuma tranquilamente recargado en la pared y con el cuerpo apenas cubierto por la envejecida sábana de lino que alguien les obsequió antes del viaje. Aspira profundamente y absorbe el humo hacia sus pulmones y la posibilidad de un naciente cáncer que aún no le preocupa porque lo desconoce. Busca respuestas analizando el tamaño, color, edad y estado de las vigas que sostienen la base del tejado, plantea preguntas jugando con las formas del humo escapando de la braza otrora viva y siempre agonizante y trata de entender lo que pasa: nada.

Fuma y piensa y analiza y espera, justifica, reacciona como lo ha hecho desde que se decidió a demostrar que lo suyo era una simple duda que en nada afectaría su futuro inmediato y por ello se decidió a conquistarle, aunque en realidad el verbo entonces fue “buscarle”.

Ella abre los ojos cuando él genera la última bocanada y le sonríe: Buenos días, amor.

***

Su nombre es tan importante para esta historia como lo es el marcador del partido de soccer anoche, el nombre de la amante del jefe o la última aventura del perrito del vecino: interesa a pocos y los que de verdad desean saber recurren a una fuente confiable porque le conocen y saben que exageración, mitomanía y mentira son algunas de las características en sus charlas que, por cierto, son bastante aburridas, tediosas y cansadas.

Acostumbra establecer contacto con personas que mañana o pasado serán famosas y se regocija con ellos y les aplaude chistes malos y se aprende sus anécdotas que a veces interpreta y repite como propias porque así es: falsa como una moneda de 37 pesos con 17 centavos.

Ojalá fuera como la “campeona mundial” de lucha libre con su cabellera roja, sus enormes muslos y las rodilleras negras; ojalá tuviese la inteligencia de una maestra de física o la fuerza de voluntad de una madre soltera disfrazada de policía o la fe de una monja predispuesta a pelear contra el pecado de las carnes que desea, pero no: su atractivo es tan fuerte que adormila; su belleza está tan en lo profundo que cansa y su inteligencia es tan impresionante como una hoja de papel en blanco.

Es imposible entender cómo es que mantienen una relación, aunque los amigos comunes los adoran porque forman un excelente binomio; las respectivas familias aman (literalmente) al extraño, porque ha logrado encausar la vida del otro; la clientela está más que satisfecha con el trato que les dispensan y ellos, los amantes, están siempre asquerosamente felices. Desafortunadamente, la realidad es otra…

***

Anoche enfermó. La temperatura corporal alcanzaba peligrosamente los 42°C (muy por arriba de la normalidad de los 37°) y sudaba copiosamente. En algún lugar había leído que lo importante en esas situaciones era tratar, primero, de reducir el calor, así que pese a los gritos y los insultos le llevó como pudo hacia la regadera y le mantuvo bajo el chorro helado varios minutos, luego le dirigió nuevamente a la cama y le aplicó compresas de agua fría en los pies y en la frente para tratar de estabilizarle.

En el delirio, habló de una tierra y pronunció un nombre y trató incluso de detallar una nueva vida, aunque lejos, muy lejos de quien demostraba amarle tanto. La mente de uno estaba confundida por la enfermedad, la preocupación del otro aumentaba con el despreciable avance del tiempo en el reloj, en las manos agigantadas de uno y las obras descoloridas y todos esos pendientes de la mañana siguiente para el otro.

Insistía en el rojo cobrizo para los labios y el vestido holgado con los tenis blancos para el cuerpo, sin interiores y con algún abalorio de color verde como el jade o rojizo como sus mejillas ubicado precisamente entre la barbilla partida y el gracioso y bendecido escote.

Grita, ofende, exige, ruega. La fiebre avanza y también el frío en la columna vertebral y el calor bajo los brazos tratando también de huir a través de los ojos y la boca.

Esperaba opiniones, hablaba del tamaño en su cabello y las copas para sus grandiosos pechos envidiados por todas ellas, sus amigas. Incluso describió la pulsera roja para el tobillo derecho y la hermosa gargantilla color lila que compraría mañana, cuando se sintiera mejor, muy similar a la de la vecina de enfrente, la que usa esas tangas incitadoras y usa su voz para tratar de confundir a quienes no saben que ella es para sí y su sensualidad es algo así como su sello personal, pero propio, no para alguien más.

Se escuchó el rugir del timbre y la sobriedad de un relámpago reventando la noche de la habitación y su mente…

***

Terminó el cigarro. Se incorporó y fue a la cocina, desde donde le preguntó si quería café. Colocó el filtro con una generosa cantidad de grano molido dentro de este y luego lo embonó con algo de facilidad en la cafetera. Movió el interruptor. Encendió otro cigarro y por la ventana observó el despertar a la vida disfrutando el detonador de su muerte.

Las terrazas cubiertas de bugambilias se iban iluminando conforme avanzaba el día. Se escuchaban trinos de decenas -quizá cientos- de pájaros y el rechinido de la reja vecinal abriendo para que sus ocupantes salieran a la calle en sus bicicletas con las canastas de pan recién salido del horno coronando sus cabezas dirigiéndose a las panaderías del centro y a los dos mercados del pueblo.

Su afición al tabaco le impedía disfrutar el aroma jazmín proveniente de la casa contigua, pero su visión era tan buena como en su adolescencia y no extrañaba el otro sentido porque no lo había perdido aún del todo. Incluso así disfrutaba del “Flowers by Kenzo”, del “Romance de Ralph Laurent” y, en especial, del “Chanel no. 9”, por el que sentía una especial fascinación. ¿Se atrevería a usarlo algún día jugando algún rol medio extraño dentro de la relación?, ¿ella lo aceptaría?, ¿le permitiría hacer y usar lo que quisiera?

El sonido de la alarma en la cafetera le regresó de golpe a su triste realidad. Buscó dos tazas  en los huacales acondicionados como alacena y vertió el invaluable líquido en su interior. Regresó a la habitación con las tazas humeando y la visión de su pareja y sus enormes pechos descubiertos. Seguía adormilada y su cuerpo mantenía la firmeza de una adolescencia recién abandonada pero inolvidable y recurrente. Admiraba la fuerza de sus muslos, de sus brazos, la prestancia de sus labios y el triunfo de toda ella y las partes más carnosas de su cuerpo contra la gravedad.

A veces la envidiaba… siempre …  

  ***

Asistieron a la fiesta porque quisieron y deseaban convivir con otras personas. Acordaron no separarse y permanecer cercanos todo el tiempo, así que cuando el primero se acercó, de inmediato hubo reacción hacia el intento.

Ella vestía una falda que por alguna extraña razón le permitía disimular la ridícula delgadez de sus extremidades inferiores ahora cubiertas por pantimedias de red negras y zapatillas cerradas de tacón, poco más de cinco centímetros de altura fingida pues. También usaba una blusa de satín oscuro que no disimulaba el tamaño, la voluptuosidad y el deseo. La piel morena vestía un adorno en los labios similar a un rojo de esos de atardecer y la voz era, fue siempre, la invitación perfecta.

El extraño habló a su oído, olisqueó el lóbulo y se atrevió a besar el hélix, casi llegó al meato auditivo con la complacencia de la pareja que, con la visión y el entorno, estaba notablemente excitado. Ella le hizo notar la erección bajo la tela y él acarició la cintura, la cadera, el contorno apenas rebasado por una media luz y unas completas ganas de abrazar ese cuerpo de piel morena y sangre latente, candente, insultante.  

Ella gime y él adora, ella murmura y él desea, ella goza y él envidia porque él quiere gemir, murmurar y desear…

***

No es posible seguir fingiendo, le dijo.

La realidad es que yo quiero lo que tú eres y te envidio por lo que tienes.

No quiero ser como tú, quiero ser tú y disfrutar de todas las cosas que has sentido, probado y exigido. Quiero que alguien me abrace y me diga que todo estará bien. Quiero ver a alguien nervioso por intentar tocar mis senos y que me regalen flores y me rocen las nalgas en un abrazo de amigos que termine en la cama de algún departamento o un cuarto de hotel a media noche. Quiero saberme deseada, ser exhibicionista y hasta sufrir el acoso de otros que me deseen tanto como a ti. Quiero ser ardiente, quiero satisfacer a mi pareja y quiero que mi pareja me exija desnudarme para él.

Enciende un cigarro y le ofrece otro a ella, quien acepta con lágrimas en los ojos que las cosas han cambiado y que es necesario alejarse. Abre los ojos cuando genera la última bocanada y le sonríe: Buenos días, amor...

alejandro.evaristo@milenio.com