Pa' no molestar

Xantolo, la fiesta de los difuntos

Hace dos años, tuve la increíble oportunidad de asistir a una de las celebraciones más importantes de la huasteca hidalguense: el Xantolo o fiesta de los muertos. En aquel entonces hice una crónica que hoy, gustosamente, vuelvo a compartir con ustedes, mis fieles y queridos tres lectores. Para los que no son de por estas tierras, ojalá algún día acudan. ¡Es una experiencia única! 

Del más allá a la tierra de los sauces… el Xantolo en Huejutla

Pasado el mediodía en la cabecera municipal de Huejutla de Reyes, el calor no es el que se esperaba. Al menos no el que se siente normalmente acá, en el corazón de la huasteca hidalguense.

En lo alto, desde el atrio de la iglesia y ex convento de San Agustín (hermosas piezas arquitectónicas del siglo XVI), se aprecia la Plaza de la Revolución, su kiosco y el reloj que si bien no es tan grande como el de la capital del estado, ofrece el atractivo de tocar cada hora “El Cantador”, de Nicandro Castillo, de acuerdo con los documentos históricos de la región, aunque desde la catedral, el tañer de las campanas obliga a recordar la letra de la melodía que nos da identidad como Nación: “… y retiemble en sus centros la tierra…”. Alrededor de la plaza hay un sinfín de enlonados plásticos rojos, azules, blancos, y decenas de personas que sobre el suelo del lugar tendieron una manta para ofrecer a propios y extraños toda suerte de productos, desde artesanales hasta religiosos. Es día de plaza, así que no podría haber sido de otra forma.

La normal efervescencia popular se incrementó este viernes gracias al día de muertos o, como se le conoce acá, el Xantolo y, mejor dicho, el Mijkailuitl, un festejo a los difuntos que no se limita a un solo día.

La celebración de la fiesta de todos los santos tiene implicaciones culturales y religiosas muy arraigadas entre la población mestiza e indígena (náhuatl, esencialmente) de la zona pues se trata de recibir y honrar a los antepasados y su herencia. Por ello en los altares se ofrece alimento a los difuntos.

El 24 de junio, día de San Juan Bautista, inician los preparativos para la fiesta, cuando los señores de la casa acuden a las milpas a regar la flor de cempasúchil y para el 29 de junio se adquieren los animales que habrán de criarse para disfrutarlos y ofrendarlos a nuestros difuntos a finales de octubre.

Con septiembre llega también el momento de la primera ofrenda, el día 29 para ser precisos, con café y tamales, y días después, el 18 de octubre, en el día de San Lucas, se cortan pencas de plátano, se prepara la segunda tamalada y se come y ofrece a los que trascendieron este plano astral mole con arroz. Algunos incluso agradecen a la tierra su disposición y bendición para proveer a los hombres de buenos frutos y mejores cosechas. El día 30 de octubre es el de las compras, el que se aprovecha para adquirir todo lo que se habrá de utilizar para la preparación de los alimentos y la conformación de los altares.

El 31 los caminos de flor y la espera de las ánimas de los pequeños es la labor que se cumplimenta y se corona con las danzas que protagonizan hombres disfrazados de hombres y mujeres, mediante las llamadas cuadrillas: “Se trata de un baile que se ofrece con alegría, con entusiasmo y, sobre todo, con respeto a los difuntos”, comenta emocionado Melitón Martínez Hernández, el responsable de la Casa de Cultura municipal y uno de los organizadores de estos tradicionales festejos.

Luego llega el 1 de noviembre y entonces se recibe a los muertos adultos. Algunos van al panteón en familia y comen en la tumba de su ser querido, beben y se divierten, porque el Xantolo “no es una fecha de tristezas, sino de alegría por el regreso de quienes amamos”.

El 2 de noviembre es una fecha especial. Este año se encenderán 2 mil 14 velas, una por cada año que ha transcurrido en el calendario católico, se comparten los alimentos colocados en la ofrenda y se ofrecen a las ánimas pérdidas, aquellas que no tuvieron la fortuna de haber sido recordados porque sus familiares ya están con ellos o porque ya no viven cerca. Mientras la vela está encendida, en Huejutla se acostumbra “pedir” por el descanso de su alma.

El 30 de noviembre, el día de San Andrés, se coloca un plástico bajo el altar y este es sacudido para recoger la semilla de las flores secas y que son sembradas nuevamente para recogerlas el 24 de junio. Paradójicamente, el fin se transforma en inicio.

Para recuperar las tradiciones, desde hace años se aprovecha el Xantolo para hacer representaciones de las actividades que tradicionalmente desarrollaban en estas fiestas los habitantes de la región.

alejandro.evaristo@milenio.com