Pa' no molestar

"Vivir con, por, para, en y de" la muerte

Esta semana es la celebración y remembranza de nuestros fieles difuntos.

Con diferentes nombres pero el mismo fin, recordar a nuestros muertos es una de las más ancestrales tradiciones en este México de hartazgos, desaparecidos, falta de oportunidades, hambre y descontento. Pero ¿qué es para nosotros la muerte?

“Muere el sol en los montes con la luz que agoniza,

pues la vida en su prisa, nos conduce a morir…”

(Vals “Dios nunca muere”, de Macedonio Alcalá).

Hace al menos dos décadas, el amigo Porfirio Hernández tuvo a bien regalarme una recopilación de obras de Xavier Villaurrutia, escritor, dramaturgo y poeta de la primera mitad del siglo XX. Leyendo el citado texto me encontré con Décima Muerte. Se trata precisamente de décimas (composición poética que cuenta con diez versos octosílabos que deben rimar el primero con el cuarto y el quinto; el segundo con el tercero; el sexto con el séptimo y el último, y el octavo con el noveno), escrita precisamente para Ella.

Les recupero aquí mis tres estrofas favoritas. Algunos la recordarán y otros la conocerán apenas…

I

¡Qué prueba de la existencia

habrá mayor que la suerte

de estar viviendo sin verte

y muriendo en tu presencia!

Esta lúcida conciencia

de amar a lo nunca visto

y de esperar lo imprevisto;

este caer sin llegar

es la angustia de pensar

que puesto que muero existo.

II

Si en todas partes estás,

en el agua y en la tierra,

en el aire que me encierra

y en el incendio voraz;

y si a todas partes vas

conmigo en el pensamiento,

en el soplo de mi aliento

y en mi sangre confundida,

¿no serás, Muerte, en mi vida,

agua, fuego, polvo y viento?

IX

Si te llevo en mí prendida

y te acaricio y escondo,

si te alimento en el fondo

de mi más secreta herida;

si mi muerte te da vida

y goce mi frenesí,

¡qué será, Muerte, de ti

cuando al salir yo del mundo,

deshecho el nudo profundo,

tengas que salir de mí?

 “Cuatro cirios encendidos hacen guardia a un ataúd

y en él se encuentra tendido el cadáver de mi amor…”.

(Canción “Cuatro cirios”, de Federico Baena)

Con todo y ser temida, amada, odiada, esperada y/o respetada, la muerte es, además de  inevitable, un componente esencial de nosotros, los aguantadores y olvidadizos mexicanos.

El cine nacional hace referencia inevitable a ella y ahí están Macario (1959) protagonizada por Ignacio López Tarso; El Esqueleto de la señora Morales (1959) con Arturo de Córdova; Viento Negro (1964), con David Reynoso; La Casa del Pelícano (1977), con Jacqueline Andere y Enrique Álvarez Félix, entre otras decenas o incluso centenas más de cintas en las que es la trama y la protagonista, como Hasta el viento tiene miedo (1968), con la guapísima Maricruz Olivier, Más negro que la noche (1975), y Veneno para las hadas (1984), con Patricia Rojo, las tres de Enrique Taboada.

Hay muchísimos más ejemplos, previos y posteriores a las cintas descritas, pero esas son, a mi muy modesta opinión y padecer, algunas de las más representativas. Segundas partes no fueron nunca mejores, en ningún sentido, así que ni al caso hablar de los refritos hechos recientemente (remakes, dicen los especialistas) 

 “El día que a mi maten que sea de cinco balazos

y estar cerquita de ti para morir en tus brazos…”

(Canción “La cama de piedra”, de Cuco Sánchez)

Tristemente, más allá de la cultura y la tradición, este ensangrentado México se ha convertido en una piedra de sacrificios para la también llamada Niña Blanca, un culto que nace allá por la década de los 60’s acá, en la tierra del paste y el zacahuil, y a la que en todo el territorio se honra mediante las llamadas calaveritas…

La flaca quiere a su presa,

ya llegó desde ultratumba,

viene queriendo pelea

y meneándose sin rumba.

Busca a los asaltantes

y a los malos funcionarios

encontró ya muy distantes

los hechos del calendario.

Llegó a nuestra República

y sintióse confundida,

narcos y funcionarios,

le ganaron la partida.

A los partidos políticos,

tampoco llegó a sus anchas,

encontró puertas abiertas

y colas llenas de manchas.

Pobrecita la huesuda

en la intención se ha de quedar,

no llevará a nadie a la tumba

y tendremos que llorar.

Regresará a sus aposentos

y deberá ponerse a pensar

en esa bola de jumentos

y lo que deberá reparar.

Bienvenida flaca hermosa,

te he esperado con ansia,

pero pa tu mala suerte,

ya soy de la militancia…

alejandro.evaristo@milenio.com