Pa' no molestar

Pinche gente…

Su turno llegó. Levantó su pesada humanidad de la sala de espera y caminó entre otros que, como él, aguardaban turno para ser atendidos en el hospital general. Cuando ingresó al consultorio saludó cordial y amable al médico responsable del sitio, sin obtener respuesta. El joven enfundado en una enorme bata blanca se sienta tras una silla que parece estar cómoda, al menos más que las de allá afuera, las de plástico duro, las que atemorizan e inyectan a los pacientes esa terrible sensación de vacío y soledad.

El joven presiona algunos botones en el teclado de su computadora y observa la pantalla sin prestar atención al nuevo paciente, total, es uno más, pero este ya se ha parado frente al escritorio y le espeta un nuevo “buenos días” con un tono de voz mucho más alto y agresivo que el utilizado anteriormente. Su semblante cambió, pero el doctorcito no pudo percatarse de ello porque hasta ese momento se dignó a observar el rostro del hombre que retador se había sentado ya sin dejar de mirarle.

Al puberto profesionista le molesta que le levanten la voz porque él estudió medicina y es un profesional preparado para atender los males, enfermedades y problemas que puede enfrentar un ser humano a nivel médico, así juró hacerlo hace unos meses, cuando terminó la carrera y se plantó con el brazo extendido frente a otros profesionales ante quienes recitó el tradicional juramento hipocrático:

Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Higía y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.

Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.

Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.

Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia.

No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.

Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza.

No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos.

Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos. Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.

Sí. El doctor pasó años y muchas desveladas para aprender, comprender y entender el funcionamiento de nuestro organismo y los nombres de cientos de músculos y nervios y huesos.

Desafortunadamente en todos los años de su profesional vida, el imbécil no ha podido obtener un poco de educación…


***


El hambre apremia y aunque la sed es todavía llevadera, hay que hacer lo necesario para impedir que ambas se conviertan en un problema. El trío decide entrar en la lonchería de la esquina, un lugar que no es nuevo para ellos porque en varias ocasiones han caído ahí para disfrutar de ese exquisito tradicional manjar mexicano y, a veces, hasta para beber una o dos cervecitas bien frías.

Se sientan en una de las mesas del fondo, de las que están ahí junto a los costales de chiles y cebollas, a un costado del patio en el que habilitaron tres espacios de poco más de un metro cuadrado: uno es para trebejos e implementos de limpieza, otro alberga el sanitario y uno más cuenta con suficiente ventilación como para llamarle área de fumadores.

El mesero, que también desempeña el papel de gerente, barman y jefe de cocina, acude presto con un trapo húmedo a limpiar la superficie de metal, en la que hay un salero y migajas que escaparon a las negras intenciones de otros comensales. El bigotazo del hombre es un buen augurio, hay evidencia de que consume lo que vende, así que no hay problema alguno.

Luego de limpiar se va y regresa con tres ejemplares de “la carta”, una hoja enmicada del tamaño en la que se detalla el menú y los ingredientes: tortas, pastes, filetes de pescado, jugos, refrescos y cervezas, con sus respectivos precios, por supuesto.

Ordenar los sagrados alimentos esa ocasión fue frustrante y a la larga muy divertido:

- ¿Ton’s qué?, ¿qué les voy a servir?

- Yo una cerveza bien fría y una torta de milanesa…

- Lo siento mi amigo, perdone, pero hay buena venta y se me acabó la milanesa. Estoy esperando a ver si me traen más. Pero hay más cosas, a ver chécale a ver qué se te antoja…

- Ah, pues entonces, tráeme una de pollo con queso…

- Es que el pollo también se me acabó, a ver si ahorita que traigan la milanesa mandan pollo…

- Pues entonces una de pierna con queso.

- Está bien, ¿y a usted mi jefe?

- A mí también una cerveza y un filete de pescado por favor, con ensalada…

- Híjole. Es que se me acabó el filete, pero te puedo ofrecer una torta, pero no hay de milanesa y no tarda en llegar. Bueno, espero que me traigan milanesa porque si no solo será pollo y eso a ver…

- Bueno entonces mejor tráeme una sincronizada…

- ¿De jamón o de pollo?

- De pollo…

- Es que no hay pollo…

- Pero de jamón sí tiene…

- Sí, jamón sí…

- Pues de jamón con queso…

- Está bien ¿y usted mi jefe? 

- Yo quiero una cerveza, una torta de chorizo con queso amarillo y una quesadilla.

- ¿De qué?

- ¿De qué tienes?

- De queso y de pollo.

- De pollo, por favor.

- Pero es que ya no tengo pollo…


***


La enfermera cuestiona. ¿Fuma?, ¿bebe?, casos de diabetes, cáncer o alguna otra enfermedad en su familia?, ¿comió algo ya? A ver, platíqueme, ¿qué le pasó?

El hombre se acomoda de tal forma que puede observar los accesos de diversos consultorios y a la gente que va y viene a esa hora en que ha sido ya el cambio de turno. Entre pacientes, enfermeras, doctores y pasantes, el lugar es un constante ir y una especie de torre de babel en la que todos hablan el mismo idioma pero ninguno se entiende entre sí y responden por inercia.

El lunes, dice el hombre, de la nada empecé a sudar y me desmayé, estuve mucho tiempo sin poder moverme cuando recobré el sentido y luego anduve con náuseas y asco todo el día…

La descripción de los malestares y las razones de la visita pasaron a segundo término cuando una trabajadora de servicio social interrumpió para hacer un planteamiento fundamental a la enfermera: ya llegó el señor, ¿de qué vas a pedir torta?


***


Llevan ya un rato caminando bajo los terribles rayos solares de este verano insufrible en el que la lluvia no respeta los pronósticos del meteorológico y al sol no le interesa el qué dirán. El punto es que salieron de la oficina y recorrieron algunas cuadras hasta su destino: la feria del libro.

Uno de ellos se ha hecho ya ferviente seguidor de un nuevo juego de “realidad aumentada” y unas tres cuadras atrás sacó su teléfono inteligente del bolsillo, hizo algunos movimientos y continuó avanzando con la atención puesta mayormente en la pantalla de esa maravilla tecnológica que sigo llamando teléfono celular. Atrapó uno, dos, tres ¡cuatro! pokemones en menos de 300 metros.   

En el lugar no había mucha gente, así que el señor de los elotes y esquites calientitos y enchilados está cómodamente sentado en una de las jardineras cercanas al acceso platicando con dos de sus sobrinos.

Continúan andando y un poco más allá del umbral, un grupo de adolescentes intercambia comentarios sobre algo. Uno de ellos se percata de la pokeadicción del compañero y dice algo y todos ríen, unos y otros: “allá adentro hay un gimnasio pokemón”.

La ignorancia nunca ha sido buena consejera, así que pregunta qué carajos es un “gimnasio pokemón” y le explican que se trata de un sitio en el que se enfrentan los pokemones de uno contra los de otro jugador para ganar o perder quién sabe qué.

Pokemones… ¡hazme el pinche favor!

alejandro.evaristo@milenio.com