Pa' no molestar

Pinche gente…

Respeto. Tres sílabas en una palabra que implica en sí misma la característica fundamental para la convivencia en y entre los grupos o conglomerados sociales. Si a ella sumamos un saludo (buenos días, tardes o noches, según sea el caso), un “gracias” y un “por favor”, es seguro que la cantidad de conflictos que enfrentamos en el trajín cotidiano se reducirían notablemente.

I. El ayer y el hoy

Antaño la educación era bastante más rigurosa y menos complicada. Ceder el asiento, abrir la puerta, saludar al entrar y despedirse al salir, dar las gracias y pedir las cosas por favor, respetar a los mayores y no decir “malas palabras” eran, entre otras, algunas de las indicaciones básicas para la diaria convivencia y, por supuesto, garantizar que las palmas o dorsos de las manos y esa bendita protuberancia que nace al término de la espalda (nalgas, para los que dudan), se mantuviera libre del chingadazo corrector.

Hoy es bastante difícil encontrar algo de esto en algún sitio.

Ejemplos hay muchos: chavitos secundaria se encuentran y hablan un extraño lenguaje en el que usaron 100 palabras de las cuales al menos 80 son groserías; tres adolescentes que sin mayor pudor hablan sobre sus cuerpos y una de ellas incluso del último intercambio carnal con uno de sus compañeros, y hasta un empleado de la CFE comiendo tortas en la esquina que atiende su celular y dice a su interlocutor que las tortas de la “ñora están bien chingonas” y todavía se da el lujo de responder a la mujer cuando le dice que no tiene cambio para su billete de 200 pesos que “ese es su pedo”.

Ni qué decir de la señora que apenas cabe en el asiento del chofer y que burlona responde al peatón que le reclama su falta de civilidad al conducir por evitar darle el paso: “por eso andas a pie m’hijo…”, ¡hágame el pinche favor!, como si manejar un Chevy rojo del 2006 fuese igual a traer un Lamborghini y además con licencia para atropellar.

¿Y los funcionarios? Esos son los peores. Hay burócratas de medio pelo a quienes se les hace tarde para llegar a quién sabe dónde y las señales de tránsito, los peatones y hasta los policías les interesan tantito menos que un carajo. O qué tal los que tienen urgencia de entrar al banco o ir a la oficina de uno de sus colegas y no encuentran dónde aparcar: hasta en segunda fila lo hacen, sin importarles si truncan o impiden la circulación y sin que la fuerza pública haga algo porque están desayunando, comiendo o cenando.

¿Y qué tal las comitivas de los “funcionarios de primer nivel” cuando hacen sus eventitos?

II. Caras vemos

En Hidalgo he tenido la oportunidad de conocer todo tipo de personas porque, al igual que en otros puntos del país, “hay de todo, como en botica”.

Hay personas amables y accesibles como doña Sonia, la responsable de atender a los usuarios en la oficina de Telecomm de avenida Juárez, quien sin importar la vestimenta, el tamaño, el género, la edad o condición del solicitante del servicio, les recibe invariablemente con un saludo y un amigable “¿en qué puedo servirle?”; o la maestra Rosa María, quien está siempre dispuesta a ayudar a sus semejantes y empieza sus comentarios con una sonrisa que contagia entusiasmo a pesar de la enfermedad que enfrenta.

Desafortunadamente, también están quienes no aceptan sus errores y buscan justificar sus estupideces culpando a terceros y convirtiéndose en víctimas de demonios inexistentes y un sinfín de conspiraciones que en su contra existen solo en su aburrida y mediocre realidad. Por supuesto no me olvido de los otros, los que a falta de carácter, valor y convicciones se esconden a llorar y despotricar por los rincones usando cualquier cantidad de calificativos contra alguien a quien no se atreven a enfrentar. Ni al caso personalizar el comentario, no vale la pena y muchos menos el tiempo.

Retomando el hilo, lo peor es en las calles y el buen César lo mencionó en su Facebook: Vivo con la chingadailusión de llegar a Milenio y encabezar lo siguiente: “Aprueban ley de castigo a señoras por entorpecer paso en aceras; tendrán multa de mil 700 salarios mínimos”. Y cuánta razón tiene, aunque para ser honestos no son sólo ellas.

Caminar en la calle Guerrero, por ejemplo, sigue siendo un gran reto. No importa si son sólo dos personas las que avanzan en la banqueta, siempre encuentran la forma para impedir el tránsito continuo o fluido de los demás transeúntes porque platican “de a bulto”. Y ni hablar de las familias, parece que es menester ocupar, como sea, todo el espacio peatonal…

El punto es avanzar por el lado derecho, conduciendo o caminando, y lo mismo aplica para nuestros estetas de la administración pública: ¡sean derechos!

alejandro.evaristo@milenio.com