Pa' no molestar

Estimado lector…

De frente y sin tapujos reconozco que no sé.

No soy especialista en medios de comunicación, ni en artes visuales, ni en actividades culturales, ni en autores, ni en creadores, ni en artistas (y al hablar de artistas no me refiero a las personas que interpretan un papel en la TV, porque ellos son actores; tampoco a los que cantan, porque son intérpretes). No soy un conocedor de nada y tampoco tengo la verdad absoluta sobre algo en particular.

Como todos, he formado mi propio criterio a partir de experiencias de vida, situaciones labores y familiares, relaciones interpersonales, encuentros y desencuentros con personas de todo tipo y merecedoras de cualquier cantidad de adjetivos, a favor y en contra. Soy tan sabio como ignorante y tan diestro como inútil, todo depende. Así de sencillo y así de fácil.

Vagamente conozco un poco de mucho. Esa es la realidad, al menos la mía.

El punto es que para esta entrega pensaba en diversos temas por abundar.

"…Y yo así de…"

Pensé en inicio sobre los “lugares comunes” o “clichés”. Para el caso, me refiero a esas frases que saben a ignorancia y se perciben como la única oportunidad de alguien para describir algo que apenas entiende y usa para tratar de ocultar precisamente su incapacidad de análisis o incluso su falta de opinión o carencia de elementos para ello.

Por ejemplo, ¿cuántos no se valen del vital líquido para referirse al agua? O la nueva moda de agregar a una frase relativa a una circunstancia particular que no significa nada y mucho menos explica algo: “…y que me dice que quería palomitas y yo así de…”, y ahí terminan la oración y no sabemos si estaba sorprendid@ porque el interlocutor estaba enfermo del estómago; molest@, porque acababan de tener una discusión y así pretendía solucionar la diferencia; preocupad@ porque la otra persona ya había comido demasiado; nervios@, porque la despensa está vacía y no hay forma de cumplir el capricho, o content@, porque el otro recordó… hay decenas, quizá cientos de acepciones para el …y yo así de

Entonces pensé en lo que llaman derechos humanos y caí en la cuenta de que cada persona es libre de expresarse como le venga en gana, así que decidí no meterme en líos y evitar el tema. Después de todo yo hago lo mismo, guste o no, cada semana, quieran o no, hablando sobre un buen de rollos, les entienda o no…

Sobre conflictos sociales

Luego se me ocurrió que podría usar este espacio -inmerecidamente otorgado- para abundar sobre aquellos conflictos, problemas y situaciones que han sido llevadas a la pantalla grande (mi propio cliché, por supuesto, no podía faltar y con ello confirmo efectivamente mi afirmación inicial) y recordé entonces la trilogía de aquel famoso director de la década de los 60’s y 70’s, Felipe Cazals, que ofreció al público Canoa (la historia de unos estudiantes que son linchados en San Miguel Canoa porque los confundieron con comunistas), El Apando (sobre la penosa realidad de una de las prisiones más terribles y temidas de esos años, el llamado palacio de Lecumberri) y Las poquianchis (de las salvajadas, atropellos e inhumanos actos de unas hermanas que obligaban a otras mujeres a prostituirse).

Cuando estaba en estas pensé entonces que era una buena oportunidad para tocar el tema de los conflictos sociales llevados al celuloide (una vez más confirmo, confieso y reitero mi incapacidad expresiva, analítica y comprensiva) como el caso de Rojo Amanecer (Jorge Fons, 1988) y El Bulto (Gabriel Retes 1991) sobre los terribles, fatídicos y despreciables acontecimientos de 1968. Por supuesto, sin dejar de lado las infaltables y clásicas Los Olvidados (Luis Buñuel, 1950), un real y cruel retrato de la pobreza, y Amores Perros (Alejandro González Iñarritu, 2000), historia de historias sobre el día a día de muchos en la capital mexicana.

Entonces recordé que si ahora escribo aquí es porque así no molesto las buenas conciencias de ciertos grupos y sujetos. ¿Para qué, como dicen, le tiento las patas al diablo?

Sé que no habría podido evitar decir que la clase política de este país apesta, que somos unos agachones y que cada político mexicano, en mayor o menor medida, merece ser víctima de los demonios que millones enfrentamos diariamente; no habría podido evitar pedir a hetairas y suripantas que usen los sacos que sus hijos no han llenado y, mucho menos, olvidar la afrenta de la que México ha sido víctima por culpa de un grupúsculo de inútiles, buenos para nada acostumbrados al cariñito en la espalda y la cola entre las patas.

Por eso escribo mejor en cultura, pa’no molestar...

alejandro.suarez@milenio.com