Pa' no molestar

Dicen que el alcoholismo es una enfermedad…

Hay dos o tres mesas y una barra siempre dispuesta a recibir a los hijos predilectos de Baco. Es un lugar pequeño, nada acogedor. El remedio de todos nuestros males y la salvación absoluta de lo que queda en el sitio en que antes había alma se encuentra ahí, justo al alcance del gran señor del trapo humedecido, la cara de fastidio y los montones de amigos celebrando todo lo que hace y deja de hacer: si hay un poco de suerte y uno resulta ser el elegido, el reconocimiento y gratitud tomarán la forma de una cerveza, incluso hay la posibilidad de “un fuerte” para recuperar la destreza perdida la noche de ayer y esta madrugada.

Pero este es un mal día. Hay tres personas en el sitio y dos de ellas están atrapadas en un sueño de esos envidiables por lo profundo y cuestionables por el medio para alcanzarlo. Otro más habla de sus glorias pasadas y al mismo tiempo enfrenta una sangrienta batalla contra una “r” que pone todo tipo de resistencia a los fieros ataques de una lengua ya herida que a veces se arrastra y a veces se esconde. Las palabras surgen, pero el grado de comprensión entre los presentes es casi nulo.

En la enorme pantalla han sintonizado algún canal de esos de películas de antes. La de esta tarde parece más o menos entretenida, pero el aburrimiento golpea con fuerza a los presentes que le atienden. David Reynoso, su tren y la tormenta siguen ahí, solos, así que el desenlace nunca será tan importante como la botella vacía y el ruego de una más “bien muerta”.

- ¿Cómo se llama?

- Creo que “Viento Negro”.

- Se ve buena…

- Nunca la he visto completa…    

Regresan a lo suyo: uno enfrenta la resequedad de una boca en la que ya no hay nada por decir y el otro revienta cítricos, humedece vidrio, calcula ganancias…

***

A unos pasos de la entrada se le ocurrió sentarse. Tan pasada de copas como está sería imposible llegar con bien a ningún lugar. Por eso tomó la decisión de salir a la calle y recibir el fresco de la noche en el rostro, bajo su falda y con el pecho apenas cubierto por esa tela simulación encaje de fabricación china. Negro el cuello y enrojecido el resto textil, sabe que el alumbrado público está ahí para protegerle de las sombras y sus manos y sus deseos y sus asquerosas ganas de tocarle. Maldice a los chinos y a luz y a la noche. No se salvan sus amigas y tampoco el mesero y mucho menos el grupito de chamacos que le enviaron todos esos margaritas y tequilas derechos.

Le duele la boca, pero no tanto como el orgullo y el amor propio. En su borrachera se reprocha su falta de pericia para mantenerse en control, pero luego recuerda que es una tauro del 13 mayo “y de todos los años desde que nací –piensa en voz alta- y como dicen que somos amigos fieles y generosos con gran capacidad para ser cariñosos y evitar conflictos y disgustos que preferimos el buen humor y la estabilidad, pos por eso me siento mal”.

Empieza a toser, mira la luz del foco y casi en seguida las piedras que dan forma a la calle. Una de las manos soporta el peso de su torso en la banqueta y la otra descansa sobre la piel abierta de una rodilla que no reconoce como suya pero le duele como si lo fuera. No hay sangre, solo un raspón de esos “escandalosos”. Se ríe porque recuerda el golpe y el berrinche. Esa misma memoria le entristece y le enoja. Una sombra alada revolotea cerca de ella y reclama, pero el pequeño lepidóptero ignora los ruidos que produce ese enorme animal y sigue su trayecto hacia la luz.

En su inconsciencia escucha un nombre parecido al suyo pero que asegura no es porque ella no lo pronunció ¿o si? Apenas percibe el movimiento por los hombros, apenas puede mantener un intento de vertical en las piernas. Nada escucha, nada sabe, nada entiende. Quiere dormir pero alguien no la deja y de sus piernas escurren líquidos y de su boca escurre líquido y las luces le molestan y el ruido le desagrada porque es demasiado chillante. Ya no hay limones a su alcance y eso no es vodka y eso que cuelga del gancho es un contenedor plástico y por qué esa lucecita en mis ojos…

-           ¿Sabes cómo te llamas?, ¿puedes decirme qué día es hoy?

***

Ebrio como acostumbraba estar ignoraba las necesidades reales de la familia y sus “seres queridos”. No era dinero lo que necesitaban. Sus negocios en lo oscurito con sus compadritos del alma, quienes a la postre fueron los grandes beneficiados por tanta corruptela, le dejaban buenos dividendos, así que había de todo en su núcleo familiar: autos, comida, propiedades y algunos pequeños lujos.

Si todo hubiese sido así, no habría habido lío. El problema era que cada vez que se embriagaba le daba por golpear a la mujer y a los hijos, no siempre y no en ese orden, pero invariablemente –tarde o temprano- sucedía.

Por supuesto, su afición al alcohol era acompañada de una innombrable afición al sexo y lo practicaba –con y sin consenso- con quien podía sin importar disposición, género, horario, religión, color de placas y condición social. De todo y para todos: “total, si ya lo sabe Dios que me perdone el diablo”.   

Por supuesto ignoraba los intereses profesionales, deportivos y lúdicos de los chavos. Su rol como jefe de familia era más bien el de catador oficial y golpeador en turno. Todos alrededor de esa familia lo sabían, pero nadie se atrevía a decir nada porque el tipo era violento, rencoroso y vengativo como pocos. Todos sabían que siempre andaba armado, aunque le consideraban un “buen hombre” gracias a los mil rostros que podía y aprendió a usar cada día.

Una vez tuvo un accidente y casi perdió una pierna y, en otra ocasión, medio vecindario estaba con el Jesús en la boca porque estaba todo borracho queriendo matar a un taxista porque no lo había llevado a donde le había dicho.

Qué pena. Un sujeto con tanto potencial que termina solo en medio de un grupo de personas porque prefiere beber cualquier cosa que contenga algún grado de alcohol antes de reconocer fallas, errores y uno que otro pecadillo.

Su cantina favorita estaba en una de las grandes avenidas fuera de la ciudad. El dueño era su compadre, pero ya no se hablan porque una vez, con sus amigos, tuvieron un pleito cuyo resultado fue un sitio destrozado y un cantinero malherido.

¿Quién en su sano juicio se pelea con su compadre que es dueño de un bar por una botella que vale apenas 3 mil pesos? Pinche gente.    

***

De lo que te enteras.

Estaba borracho y dolido. Puso un anuncio en internet y en menos de una hora había una camioneta de redilas enfrente de la casa. Había vendido (intercambiado es el mejor término) un refrigerador nuevecito al módico precio de dos botellas de ron, tres refrescos de cola grandes, una bolsa de hielo y unos tacos, por supuesto había bolsa de botanas y tres cajetillas de cigarros incluidos.

Los felices compradores no tardaron en darse cuenta del deplorable estado del hombre y le sugirieron comprar también las enormes mesas de madera y un librero, pero solo tenían 750 pesos (cada mueble costaba al menos 2 mil pesos) y el borrachín aceptó sin inmutarse pensando, primero, en la “cruda” del día siguiente y, después, en que ya no había necesidad de tener nada, ¿para qué? Mejor unos pesos en la bolsa a un hogar vacío, a cuartos vacíos.

Mientras los suertudos cargaban con las cosas vieron en el patio mobiliario de oficina, preguntaron si estaba a la venta y él tuvo la gran ocurrencia de pensar en voz alta. ¡Todo se vende, me vale madres!

Había dos sillones y un escritorio, un televisor, dos estéreos, sillas de metal y una mesa plegable.

- ¿Y los libros? ¿También vende los libros?

- ¡Todo! Hazme una oferta y te llevas todo pero ahorita antes de que me arrepienta.

Contaron, evaluaron, separaron cosas y hasta la enorme transportadora para perro formó parte del paquete.

- Aquí hay cinco mil 800 pesos por todas tus cosas, ¿cómo ves?

Él observó, mientras recordaba el esfuerzo de años y seguía bebiendo evaluaba los pros y contras. El vaso cayó y pedazos de vidrio cubrieron las escaleras. Algunos hielos golpearon el portón y todas sus razones quedaron estampadas en un suelo de cemento y olvido y rencor. Sirvió otra copa en otro vaso para sus mismos labios y aceptó el trato.

Los hombres cargaron el vehículo con sus otrora preciadas posesiones y él seguía sirviéndose uno y otro trago. Fumaba y arrojaba su salud al viento rodeada de humo y sustancias cancerígenas.

- Oiga, ¿se encuentra bien?, ¿quiere que llamemos a alguien?

No los escuchó. Entró a su habitación y aventó el dinero recién recibido sobre la ropa y las cobijas tiradas en el suelo, luego fue a la cocina para servirse nuevamente. Escuchó el grito de agradecimiento y se dirigió a la entrada de la casa. Extendió la mano del verdugo y sonrió con hipocresía.

Otro trago con más hielos y más alcohol y más refresco.

Había lágrimas en los ojos y un dolor muy fuerte en el pecho.

Se sentó en el suelo junto al barandal mientras observaba cómo el camión partía con todas sus historias cargadas en la batea larga de una Chevrolet americana en la que ya no cabían más recuerdos…

alejandro.evaristo@milenio.com