A ver cuándo maduras

El tema de la madurez del ser humano resulta siempre actual, interesante y hasta divertido… Bueno, digamos “divertido” cuando la inmadurez se mueve dentro de estándares aceptables. Porque cuando rebasa estos límites y cae en lo patológico, se presentan historias dramáticas que echan a perder vidas propias y ajenas.

La madurez no es una meta, como tampoco se alcanza mágicamente al llegar a una edad determinada. Cada etapa de la vida debe tener su propia madurez, y cada persona tendrá que ir realizándose como un individuo satisfecho y útil. Es por ello que podemos encontrar a personas jóvenes y ancianas juiciosas y equilibradas o, por el contrario, superficiales y quejumbrosas.

De hecho, la madurez tiene relación directa con la aceptación de la propia realidad, y con el adecuado aprovechamiento de ella. La persona inmadura siempre está inconforme con lo que es y tiene a su alrededor, por eso vive quejándose, idealizando situaciones mejores. Los inmaduros suelen ser problemáticos y productores de mal ambiente. Pueden ser los típicos: “Anti-todo”.

Cuando un casado, por ejemplo, sigue añorando durante largos años las comidas de su mamá o las diversiones de su adolescencia, probablemente esté demostrando unas fijaciones propias de la inmadurez, pues no ha sabido aceptar la realidad en la que vive y sigue idealizando a su madre queriendo que su esposa se identifique con aquélla. Oh, cuán desagradable resulta.

Todo esto tiene relación con la búsqueda de una libertad incondicionada, que a su vez nace de un egocentrismo protagonista y manipulador, ambicionando en todo momento las cámaras y micrófonos. Aunque aquí caben, también, los que sufren calladamente la injusticia y la incomprensión de los demás, pero su timidez no les da para imponerse… y son: “Las eternas víctimas”.

Estos graves defectos caben en personas inteligentes y estudiadas lo que en ocasiones las puede poner en puestos de mando, y mientras más inteligentes y con mejor memoria, peor. (Como para pasarse al enemigo). De los tales: ¡Líbranos Señor!

El equilibrio de los dones y virtudes personales ha de ponerse al servicio de los demás. Nunca como medio para sobresalir por simple vanidad y afán de poder.

La madurez ha de ser una amalgama de principios morales, virtudes y conocimientos teóricos y prácticos que den estabilidad a la vida de unos seres tan frágiles como nosotros.

El hombre es un ser “relacional”: Hijo de…, hermano de…, discípulo de…, amigo de…, esposo de…, padre de…; esta idea tan simple me lleva a concluir que estamos hechos para los demás. Si fuéramos una pieza suelta en nuestro tablero de ajedrez estaríamos perdidos… aunque fuéramos el rey.

Cuánto ayuda saber que venimos de un ser superior, que nos ama infinitamente, y está esperando que le correspondamos sirviendo a quienes tenemos a nuestro alrededor, para poder terminar nuestras vidas y recibir una recompensa eterna. Sin este marco de referencia, qué fácil es tropezar y deslizarse por la pragmática y consumista pendiente del narcisismo.

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