Como torpes gaviotas

Mucha sangre se ha derramado a lo largo de la historia de la humanidad por defender la soberanía de los pueblos y las personas. Ahora bien, es necesario recordar que la libertad no es absoluta sino limitada.

La libertad incondicional resulta tan atractiva como aquellas ofertas que nos invitan a comprar paquetes de viajes a muy bajo precio, pero que terminan siendo un martirio: horarios de vuelos incómodos, hoteles de baja calidad con comidas incomibles y muy apartados de los lugares que queríamos visitar.

Una libertad sin reglas como la que se les atribuye a las aves que pueden volar a donde quieran, suena romántica, pero nos viene bien recordar que esas aves no tienen la capacidad de decorar sus habitaciones o decidir sobre el canal de televisión para ver un juego de la Copa Mundial de Futbol. Las gaviotas sólo comen pescados crudos y enteros con esqueleto y escamas.

Hace poco leía: ¿Joven, estás harto de los sermones de tus padres y de toda tu familia? ¡Libérate! Consigue un empleo. Paga tus cuentas. Paga tu universidad. Abona por tu propio auto. Haz tu propia comida y lava tu ropa. ¡No pierdas esta fabulosa oportunidad!

La libertad absoluta no puede existir en cuanto la naturaleza del mundo y del ser humano está regida por las leyes químicas, físicas, biológicas y morales, pero lejos de reprimir el comportamiento humano, lo encauzan hacia un fin que lo perfecciona de forma individual y social.

Claro que la obediencia puede ser sumisa, pero también puede ser la conclusión lógica de relaciones y decisiones que enriquecen a la persona, como en el caso de los hijos que, usando correctamente su libertad, siguen las indicaciones de sus padres cada vez que éstos buscan formar personas virtuosas, o bien se someten a la autoridad de sus superiores por razones de estudio o trabajo.

Obedecer puede exigir virtudes como el respeto y el autodominio, que nos hablan de cierta madurez.

Conclusión: Las gaviotas son incomparablemente menos libres que nosotros.

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