Metidos donde no esperábamos

De vez en cuando nos podemos encontrar en situaciones que nunca antes habríamos imaginado. Esto queda muy claro en quienes son víctimas de secuestros; pero también de aquellos que se han divorciado, de los que han caído en vicios como la drogadicción u otros, en quienes están privados de su libertad por haber cometido algún delito por  imprudencias…, en fin. Estas situaciones pueden padecerse individualmente, en familia, o en naciones y culturas enteras como sucede, por ejemplo, ante desastres naturales o guerras.

Qué difícil enfrentar todas esas calamidades, entre otras cosas, por no haber estado preparados para sufrirlas; aunque con el tiempo solemos acostumbrarnos a todo, a veces con resignación, y otras, con optimismo.

Hasta hace pocas décadas, por poner un ejemplo concreto, los pueblos de Europa podrían haberse sentido fuertes y seguros con una visión nacionalista emprendedora y madura. Estaban confiados en que sus decisiones sociales los mantendrían como sociedades capaces de resolver cualquier problema, pues habían alcanzado la madurez científica y política.

Entre las decisiones de mayor importancia apostaron por el control de la natalidad. Aquel eslogan de “La familia pequeña vive mejor” los convenció de forma irreversible. Hoy en día, Europa no es el Viejo Continente, sino más bien el Continente de los Viejos. Aquí me refiero a los europeos, no a los emigrantes musulmanes, quienes sí están empeñados en tener hijos.

La famosa Liberación Femenina es otro gran tema que ha deteriorado a las familias, pues no se fundamenta en un feminismo femenino, sino masculino. ¡Qué gran contradicción! Lejos de mí está desestimar a las mujeres, tan valiosas por su dignidad humana, como los hombres. Hemos de reconocer su valor como el fundamento de todas las culturas.

Pero –tanto hombres como mujeres– ni somos superiores, ni somos inferiores; ni somos iguales. No somos “enemigos”, sino complementarios.

Este tipo de errores culturales son creados y fomentados por ideologías con fines concretos, y aceptados por las grandes masas que se los tragan sin masticarlos. Pero llega el momento en que las consecuencias negativas se hacen evidentes. Es como edificar en lugares por donde puede correr el agua y, tarde o temprano, cuando la Madre Naturaleza lo manda, suceden los desastres humanos.

En otras palabras, tal parece que han de pasar décadas antes de que los pueblos reconozcan que sus decisiones fueron equivocadas y quienes las sufrirán son las siguientes generaciones.

Entre las incongruencias actuales nos encontramos con la primacía de una “ideología” que se sobrepone al sentido común. La ideología del género aboga por el reconocimiento de prácticas de convivencia donde a las uniones del mismo sexo se les equipara con la familia. Tal parece que tardaremos algunos años en reconocer los daños en los hijos adoptados por estas parejas que necesariamente tendrán consecuencias sociales, como crecimiento en los casos de depresión y desajustes sociales.

Son evidentes los problemas para mantener la armonía dentro de la familia cuando influyen tanto las dificultades económicas, los medios de comunicación y el ambiente social. Tal parece que estamos empeñados en hacer las cosas mal.

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