Nuestros miedos

Hace tiempo leí un simpático escrito que hablaba sobre cómo manejamos el miedo y quizás nos sirva para, además de pasar un rato agradable, sacar algo de provecho. Aquí van algunas ideas.

Los seres humanos no solemos manejar nuestros miedos usando la razón, por eso cometemos tantas tonterías.

Si una noche estamos en la cama y oímos un ruido extraño, ¿qué hacemos? ¿Nos tapamos con la sábana? ¿Acaso la sábana es antibalas? Y si viene un delincuente con un cuchillo cebollero, ¿no va a poder atravesarla? ¿O se nos ocurre mirar debajo de la cama? Suponiendo que haya un asesino ahí debajo, ¿qué ganamos con asomarnos? Por supuesto que nos saque un megasusto. Bien merecido.

Otra reacción absolutamente torpe sería mirar dentro del clóset.

A ver, ¿habrá alguien que quepa dentro de un clóset de un metro por un metro y con entrepaños? Pero si el día que ordenamos nuestras cosas no sabemos cómo meter toda la ropa, ¿cómo se va a meter un asesino ahí dentro? Otra situación. Escuchamos un ruido raro en casa y nos levantamos en pijama para preguntar "¿Hay alguien ahí?". Lo peor es cuando llegamos a la conclusión de que sí hay alguien, sólo puede estar detrás de la puerta del cuarto de baño, y, ¿qué hacemos? En vez de encerrarlo, asomamos la cabeza poco a poco, dándole todo el chance del mundo al desdichado para asestarnos un buen golpe en el cráneo.

Otra situación común: En una entrevista de trabajo nos invade un miedo pavoroso frente al entrevistador y se nos nubla la mente, pero por qué, si el que debería tener miedo es él y no nosotros, porque si ese señor se equivoca seleccionando a la persona incompetente, a él lo van a despedir primero.

Si al llegar a nuestra casa, no hay luz en toda la colonia. Empezamos a pensar en fantasmas, o si habrá alguien escondido y, ¿qué hacemos? Cantar. Como si con la canción y con tu voz fueras a atemorizar al maldito fantasma que estuviera dentro de tu casa.

Y si nos van a poner una inyección, ¿cuál es nuestra reacción? Ponemos el trasero tan duro que rebota la aguja. Aunque sabemos que así duele más.

Por todas estas razones, cuando veas a alguien que comete una torpeza detrás de otra, debemos disculparlo porque seguramente está asustado.


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