El hombre despersonalizado

El ser humano tiene una enorme capacidad de hacer cosas diferentes y, al mismo tiempo, nos permite ser nosotros; ser cada uno un yo irrepetible y, por lo mismo, con personalidad. Cada quien desea ser diferente a los demás, y con ello, aceptado en un grupo social.

Cuando los niños van dejando atrás su infancia, comienzan a diferenciarse de sus papás y sus hermanos, y se van atreviendo a hacer muchas cosas que a los mayores les resultan negativas, temerarias y de mal gusto, como por ejemplo su forma de vestir, de peinarse, de hablar. Este tipo de asuntos normalmente se van superando con el paso del tiempo hasta aceptar unas normas convencionales. En un proceso de maduración.

Sin embargo, mucha gente vive su vida como simples espectadores. No la manejan como lo hace el capitán de un barco, que define un destino, utilizando buenos instrumentos y con un plan de navegación, sino dejándose arrastrar por otros.

Un tema de no poca importancia es el de la actitud ante la vida y ante los demás. Ejemplos positivos de esto son aquellos que procuran ayudar de forma constante, tanto que convierten la solidaridad en profesión –pensemos en los paramédicos, bomberos, etcétera. Pero también hay quienes dan la impresión de oponerse a todo. Son, en definitiva aquellos a los que se les puede decir aquel viejo dicho popular: “Nada te gusta, todo te molesta…, ya cásate chulis”.

Me atrevo a decir que aquellos que viven odiando y atacando, han de terminar cansados de vivir. Pienso que las llamadas vibras negativas deben ser desgastantes y humanamente demuestran poca categoría, pues destrozar una obra de arte lo puede hacer cualquiera, pero crearla sólo lo pueden hacer los maestros.

 

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