Con el alma amargada

Pobres de aquellos a quienes la vida no les ha dado lo que querían, y viven sin aceptar su suerte, renegando de ella hasta el punto de cargar en sus corazones toda la amargura de que son capaces.

Culpables… se necesitan culpables para poder achacarles todo ese tremendo rencor. Los culpables pueden ser todos: los gobernantes, los servidores públicos, los padres, los hermanos, los abuelos, los profesores, los curas, los futbolistas y sus entrenadores, los amigos que les enseñaron a hacer las cosas que nunca se perdonaron hacer, y que nunca les perdonarán lo que les hicieron, los perversos que los molestaron y dañaron cuando eran apenas unos niños, los profesores que los reprobaron, los compañeros que se burlaban de ellos con diabólica paciencia. Todos culpables, incluyéndose a sí mismos por permitirles a los demás que les hicieran tanto daño.

Psicólogos, psiquiatras, grupos de apoyo, médicos especialistas en temas donde intervienen las hormonas, y terapeutas para recuperar los daños por enfermedades y accidentes, pero que siempre fallaron en sus intentos por remediar tantas desgracias, pero, eso sí, siempre supieron cobrar sus honorarios.

Los padres que los castigaban sin ser culpables, los que se divorciaron después de discutir frente a sus hijos durante años, y los que no se atrevieron a divorciarse cuando habría sido preferible que lo hicieran.

Aquellos que les quitaron a sus seres queridos: la muerte, sus cónyuges, unos ideales que los llevaron lejos, las instituciones religiosas… y hasta el mismo Dios. No se vale. No pueden, y no podrán ser felices nunca por la culpa de “esos” culpables. Están condenados a ser infelices.

En ese tenor de vida, el elemento omnipresente es el rencor. Un rencor que no se quiere superar, pues entonces la vida perdería su razón de ser, ya que llega un momento en que ese es el motivo para vivir. Se sigue vivo para poder odiar, despreciar, vejar, difamar. El sabor del odio, en esas circunstancias, es el ingrediente indispensable, y si se perdiera, todo lo demás se volvería insípido.

Por poner un ejemplo —entre muchos—: Hace poco leí, en una red social, la crítica a quienes grabaron un video donde se ve el accidente de dos motociclistas que chocaron contra un automóvil que salió de repente a la calle por la que ellos circulaban. El comentario decía que quienes filmaron el percance se preocuparon de seguir filmando en vez de ayudar a los accidentados. Pero quien escribió eso no se percató que la cámara estaba fija en el tablero del auto, como es común actualmente en varios países y, por lo mismo, se puede ver a los dueños de la cámara cuando se acercan a atender a los lesionados. Qué tremenda realidad la de quienes son hipersensibles a todo lo que ellos ven como errores.

¿Dónde se podrá encontrar el remedio para curar tantos dolores, sobre todo cuando la esperanza se quedó atorada en alguna rama de ese largo y sinuoso camino? Ojalá algún día encuentren el descanso que les dé la paz que necesitan.

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