Miedo a la realidad

Quizás una de las características de nuestra época sea el miedo a la realidad. Lógicamente el miedo nos ha acompañado a lo largo de toda la historia de la humanidad, pero resulta notorio que hoy en día hay mucha gente que busca escaparse de aquello que teme, como por ejemplo, su familia, su trabajo, su país, sus enfermedades...

El miedo es un sistema de defensa en los animales —incluyendo al ser humano— de tal forma que, de manera consciente o instintiva, podamos protegernos ante lo que puede dañarnos. Sin embargo, hay muchos tipos de miedos y no todos son sanos. Incluso se pueden convertir en enfermedades mentales de tipo psicosis, tanto de forma individual como colectiva.

El miedo al dolor lleva a muchas personas incluso a quitarse la vida, aun cuando todavía pueda faltar mucho tiempo para sufrir esos dolores. Aquí, por lo tanto, estamos frente a casos de personas con poca fortaleza. Por otra parte, podemos encontrar a otros con una enorme capacidad de soportar penas de todo tipo.

Nuestros miedos pueden darse frente al dolor físico o sentimental. Tememos perder a nuestros seres queridos, los bienes materiales, la salud, la belleza, el estatus socio-económico, el prestigio, etcétera. Hay quienes temen el rechazo social, los cambios de trabajo, de escuela, de ciudad y, en muchos casos, aparece el miedo a lo desconocido.

Los adelantos técnicos nos ofrecen hoy medios de transporte, de comunicación, de diagnóstico médico; así como medios curativos y en muchos rubros más que nos facilitan la vida sin comparación con lo que se tenía en épocas pasadas, y no me refiero aquí a tiempos muy lejanos sino, incluso, a los sistemas de vida que se tenían hace apenas cien años. Pero todo esto trae consigo, también, un debilitamiento personal muy marcado, de forma que ahora somos más frágiles y quejumbrosos que nuestros antepasados.

Lo normal es que sucedan tragedias. Todos los días los noticieros nos informan de tantos hechos desagradables y, sin embargo, no acabamos a acostumbrarnos, sobre todo cuando las desgracias nos afectan directamente. Es decir, no solemos presupuestar lo negativo. Queremos una vida más placentera y cómoda. Y éste es un recurso muy socorrido por la mercadotecnia.

Los niños no suelen estar preparados para vencer el miedo, y cada vez los hacemos más cobardes, pues les trasmitimos nuestros temores. No se fomenta en ellos la virtud de la fortaleza para saber enfrentar lo que supone esfuerzo y sufrimiento... realidades que, tarde o temprano, se hacen presentes en nuestras vidas.

Todos tenemos que aprender a manejar nuestros miedos. Para quienes tenemos la dicha de saber que Dios existe, el dolor puede llegar a tener un sentido positivo. Sobre todo, cuando vemos que Jesús aceptó ofrecer su vida en la Tierra muriendo en una cruz para que nosotros podamos conseguir la vida sobrenatural en el cielo. La fe en Dios no hace que el sufrimiento desaparezca, pero sí puede ayudarnos a encontrar en él un medio para crecer en las virtudes, y acompañar de cerca a ese Dios que vino a salvarnos.

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