¡Resucitó!

Sin duda alguna éste podría ser el titular de los periódicos de Palestina hace veinte siglos. Aquel Jesús que se había hecho famoso en los territorios de Galilea, Judea, Samaria y Decápolis, provocando tantos dolores de cabeza a las autoridades civiles y religiosas del pueblo judío, y al que por fin habían conseguido eliminar clavándolo en una cruz con el consentimiento de los romanos, bajo la presión de un pueblo enfurecido... ese galileo, artesano, después de morir, había resucitado.

Los hombres estamos ciegos. Ciegos de egoísmo voluntario... vivimos trabajando para poder perder el tiempo. Solemos encerrarnos en nuestro pequeño mundo sin darnos cuenta de que ahora somos verdaderamente libres... hemos sido redimidos del pecado. ¿Pero eso a quién le importa?

Con crisis económica o sin ella, ya podemos aspirar a ser eternamente felices. Cristo, al resucitar, nos ha abierto las puertas del Cielo. Ahora, todos nos podemos salvar. Aunque conviene dejar claro que: no todos nos vamos a salvar; sino solamente quienes aprovechen su vida para conseguir y fortalecer la amistad con Dios.

Sin embargo, para ello, lo primero que se necesita es hacer un alto en el camino que nos permita descubrir dónde estamos dentro de los planes de Dios; y guardar un poco de silencio... de ese silencio al que tantos le tienen miedo... dado que la conciencia es el único ser que necesita mucho ruido para dormir profundamente.

Al terminar estos días de Semana Santa, recordando que el Hijo de Dios ha muerto y ha vencido a la muerte por amor a nosotros, podemos formular algún propósito que nos permita fomentar la amistad con Él, mientras luchamos por ser un poco mejores. De lo contrario, ¿cuál sería la diferencia entre aquellos pobres soldados que se dedicaron a jugarse las vestiduras de Jesús mientras él moría y nosotros?

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