Querido 2014

No quiero que te vayas sin despedirte. Pienso que puedes irte tranquilo, pues todas las cosas malas que han sucedido durante tus doce meses, no son culpa tuya.

Muchos te culpan por sus problemas, pero tú simplemente has sido “el tiempo” donde nosotros hemos actuado. Dios no te dio la capacidad de razonar, y mucho menos el poder de decidir. Esos asuntos nos corresponden a nosotros.

Déjame que te cuente. Allá en 1978 recibí el Sacramento del Orden. Sin mérito propio, sino por regalo de Dios, desde entonces sigo pesando lo mismo y conservo las tallas de ropa sin variaciones.

He usado camisas clericales con cuello 14 1/2 y resulta que hace poco una señora me preguntó sobre este asunto.

Ella sacó una cinta y después de medirme me dijo: “No, padre, usted es talla 15”. Lo cual quiere decir que he vivido en el error durante 36 años. Ayer estrené una camisa, y por fin pude tragar saliva.

Éste es un ejemplo de cómo tenemos una gran capacidad para acostumbrarnos a las cosas buenas y malas. Muchos hijos, por ejemplo, viven acostumbrados a ser amados por sus padres sin valorar esa maravilla.

Pienso que la televisión ha influido mucho de forma negativa en otro asunto de vital importancia: El respeto. Es cierto que no sólo es culpa de la tele, pues con frecuencia son los mismos padres quienes se ofenden y desautorizan frente a sus hijos.

Toda convivencia entre seres humanos ha de estar cimentada en el respeto. Pero para que sea algo sólido se necesita una valoración certera sobre la dignidad de la persona.

A pesar de que a diario salen a relucir los derechos humanos, poca gente tiene claro qué son tales derechos, y cómo está constituido el hombre.

Los autores que tocan estos temas suelen utilizar lenguajes inciertos, que suenan bonito, pero no se sostienen ante una antropología seria.

Hasta nunca, y muchas gracias por todo.

 

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