Pobres pobres

No cabResulta común que los niños pequeños sientan lástima por la gente pobre cuando se dan cuenta de sus carencias, y manifiesten su ilusión de poder ayudarlos cuando sean grandes; ya sea fundando orfanatos, o estudiando medicina para poder curar sus enfermedades y más cosas por el estilo. Ojalá fueran muchos los adultos que conserven aquellos propósitos de cuando eran pequeños.

Sin embargo, la vida suele llevarnos por derroteros distintos a los que habíamos soñado, y cuando crecemos nuestras sanas ilusiones y propósitos se esfuman como el humo en las corrientes de aire.

Por otra parte, el afán por las cosas y los placeres de la tierra pueden hacer que no consideremos los otros tipos de pobrezas que deambulan por el mundo en que vivimos.

La pobreza puede ser económica cuando no se tiene el dinero necesario para comer y vivir dignamente, o se han adquirido deudas que ponen en peligro grave el patrimonio personal y familiar.

La pobreza será cultural en aquellas personas que carecen de estudios y de formadores que les permitan tener una visión amplia del mundo, de su historia y de sus manifestaciones artísticas. Aquí, además, cabe el peligro de suponer que el acceso a internet y a las diversas redes sociales nos libran de esa miseria, y no necesariamente es así. De hecho, hay demasiada gente que invierten muchas horas al día usando diversos medios electrónicos y, sin embargo, son muy ignorantes.

Hay otra pobreza: la moral, propia de los egoístas.

La pobreza puede ser social cuando las personas experimentan la soledad o aislamiento personal, y se puede dar en todos los ambientes como la familia, el trabajo y la escuela. Ésta es muy peligrosa; es uno de los factores que más influyen en la aparición de enfermedades mentales, en especial las de tipo depresivo. No es raro que los miembros de una familia no se den cuenta del vacío que les puedan estar creando a sus padres, cónyuges, hijos, hermanos y abuelos y, que después de mucho tiempo, cuando se desencadenan episodios dramáticos, caigan en la cuenta de que en parte, ellos fueron culpables de aquello.

La pobreza espiritual es otra que suele ir de la mano con la pérdida del sentido de lo sagrado. Esta carencia es común incluso en personas que dicen profesar una religión, pero que en verdad la desconocen; es decir, hay creyentes que no tienen una buena formación doctrinal, aunque hayan recibido algunos sacramentos o estudiado en escuelas confesionales, y que carecen de una buena atención pastoral, lo cual produce un deterioro espiritual severo.

La pérdida del sentido de lo sagrado suele manifestarse en una vida de oración enclenque y frágil. Es común en personas que rezan poco y piensan que frecuentar los sacramentos, la oración y los medios de formación es propio de fanáticos. Cuando en realidad no es más que procurar llevar una vida de fe coherente que nos capacite para afrontar nuestra existencia con sentido sobrenatural. En definitiva, es como mantener la salud corporal a base de alimento y ejercicio.


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