Incapacidad de amar

Cuando definimos al ser humano solemos repetir aquello de “animal racional”, sin embargo, aunque indispensable, la capacidad intelectual no es el fin del hombre.

La racionalidad ha de estar al servicio de la capacidad de amar.

En el ámbito familiar vemos que la consecución del dinero exige a muchos padres, y madres, deban ausentarse de sus hogares durante más tiempo del que sería deseable para poder convivir en sana paz con los suyos, y todos sabemos que la mayor parte de los problemas que afectan al desarrollo de la personalidad se debe a la carencia de cariño desde los primeros años de vida.

Este tipo de deficiencias son como la carga genética, pues suelen heredarse de padres a hijos.

De hecho, es común que quienes sufren esta incapacidad rechacen también el afecto que otros pretender darles.

Son muchos quienes se rigen por esquemas positivistas y sólo admiten como real aquello que pueden ver con los ojos y medir con esquemas científicos, olvidando que el ser humano en parte es visible y en parte invisible.

El amor, como el odio, son realidades que mueven al mundo, pero que no podemos medir en metros, litros o kilos.

Tenemos un cuerpo, y un alma –que lo vivifica– trabajando en equipo, influyéndose entre sí.

De esta forma la salud corporal ayuda a la espiritual y viceversa. Aunque no siempre la salud o la enfermedad del alma y del cuerpo corresponden a la otra parte de nuestro ser.

Son numerosos los ejemplos de personas que padecen graves y molestas enfermedades físicas y son capaces de mantener una actitud optimista.

Ojalá existieran las famosas varitas mágicas para resolver estos asuntos.

Pero tampoco debemos darnos por vencidos, pues siempre existe la posibilidad –como dice una canción– de enseñar a querer.

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