Hambre de cariño

Dentro del mundo del confesionario

-que es parte importante del mundo real, el mundo interior de cada ser humano- los sacerdotes solemos encontrar muchas almas hambrientas de cariño. ¡Hay tanta soledad acompañada! Hay tanta tristeza deambulando por los pasillos de este maravilloso planeta… de quienes habían estado ilusionados… ilusionadas…, con ser felices al formar una familia y… y… Hay tanto vacío de amor, de atención, de comprensión, de tiempo donde hay ruido, pero no palabras. Donde faltan las palabras de interés, de aceptación, de consuelo, de admiración, de agradecimiento, de ternura… No. Esas palabras se fueron muy lejos, hace mucho tiempo… mucho tiempo… ya sólo quedaron ganas de llorar… de mendigar una caricia, un abrazo… pero no de cumpleaños. No, un abrazo de verdad… de esos que no quisieran que terminaran nunca.

Pobres almas… Pobres almas solas.

Este mundo interior de luces y sombras donde se encuentra al verdadero yo, con sus miserias y heroísmos. Ahí vive nuestro egoísmo, y nuestra entrega a los demás, nuestros verdaderos motivos e intenciones por los que hacemos o dejamos de hacer; nuestro amor y resentimientos.

Pero no perdamos de vista que cuando hay problemas en un matrimonio las dos partes suelen tener culpa, claro está que una más que la otra.

Los reclamos amargos pocas veces ayudan; por lo general entorpecen esas relaciones.

¿Cómo es que se puede pasar del amor lindo a la indiferencia, y más tarde al odio? El amor no es una fl echa de Cupido. Es algo que se fabrica y se debe mantener como se alimenta el fuego en una chimenea, pues si se le descuida se apaga.

Qué importante es entonces contar con un acompañamiento sereno y exigente de quien, con autoridad moral, pueda dar consejos claros, llamando a las cosas por su nombre. No para darnos siempre la razón, sino para poder reconocer nuestros errores y animarnos a hacer lo que debemos.

 

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