¿Leyes justas?

El matrimonio es maravilloso, pero no cabe duda que vivir con otra persona compartiendo todo —casa, hijos, dinero, parientes, autos, afanes, enfermedades, vacaciones y lecho— durante años, es muy complicado, tanto para los hombres como para las mujeres.

A veces me da la impresión de que los novios ven esta realidad como una hermosa puesta de sol en una playa del Pacífico Medio de México, en un atardecer apacible de verano; pero sin querer enterarse de que el mar puede convertirse en un huracán de categoría 5.

Ya son dos generaciones las que han vivido dentro de la famosa "emancipación femenina". Dicho cambio social ha influido de forma radical en todas las actividades de la cultura occidental, toda vez que, fenómenos como la igualdad de derechos y oportunidades, la preparación profesional, etcétera, han cambiado los roles de las mujeres y de forma muy especial, sus actitudes.

El primer ámbito donde se notan dichos cambios es dentro de la familia. La educación de los hijos —y de las hijas— es muy diferente a lo que era en la primera mitad del siglo XX. Es distinta en los dos extremos de la relación, pues ahora es más frecuente que los hijos no sean dóciles, sino rebeldes y caprichosos, y las madres sufran de impaciencia crónica; lo cual desemboca en un ambiente tenso.

No digamos en las relaciones de los esposos entre sí, especialmente cuando se acciona el mecanismo de defensa con un: ¿Y yo por qué me voy a dejar? Cuando el orgullo rige la conducta de las personas —insisto: hombres y mujeres— la armonía que debería reinar en el hogar se convierte en un campo de guerra sembrado de minas antipersonal. Ese tipo de minas que raramente matan a quien las pisa, pero las deja mutiladas —afectadas— para el resto de sus vidas.

Por la ley del péndulo, en muchas parejas se ha pasado del marido y padre "macho" y dominante, a la mujer controladora y malhumorada.

Resulta muy preocupante lo que está sucediendo en muchos países donde las leyes —motivadas por la igualdad de género— se han inclinado "exageradamente" hacia la protección de las mujeres, y donde basta una simple acusación de violencia para que los esposos sean arrestados y juzgados de forma parcial. En internet se pueden leer artículos, y ver videos, bien documentados, sobre estos temas de historias muy tristes que acaban en divorcios contenciosos en los que no rara vez son los varones quienes terminan perdiendo, entre otras cosas, la facilidad de convivir con sus hijos y, cuando no tienen la capacidad de pagar las pensiones impuestas, pueden terminar hasta en la cárcel.

Considero que en un afán positivo de proteger a la mujer, se ha pasado a un punto de desequilibrio que está facilitando la falta de entendimiento y la ruptura familiar, con los consiguientes daños a los dos esposos y, por supuesto, a los hijos.

Lo peor de todo, es que quienes aplauden que esto suceda no se dan cuenta del daño que se está produciendo en la sociedad, en las familias y en las personas singulares.


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