Berrinches infantiles

En las casas, tiendas, transporte público, y en todas partes, vemos —y padecemos— los berrinches de niños que lloran por cualquier cosa. Y sus papás suelen terminar por darles lo que piden con tal de que se callen, y así, por mucho tiempo, crecen en edad y en exigencias; pero no en autocontrol.

La reciedumbre es una virtud a la baja. Hoy lo que predomina es la queja. Por otra parte, los gimnasios están llenos de jóvenes que fortalecen sus cuerpos, pero no necesariamente sus voluntades, y teniendo músculos tan duros como la madera, pueden tener un carácter sumamente irascible por falta de control personal.

Las ciencias y la técnica nos presentan una oferta creciente de aparatos para facilitarnos la vida; lo cual puede ser muy positivo, siempre y cuando sepamos crecer como personas pensantes, con una jerarquía de valores bien estructurada y con virtudes que nos permitan hacer buen uso de esos avances científicos. De lo contrario, podemos —incluso— terminar siendo poseídos por ellos. Dependiendo, por poner un ejemplo concreto, de un teléfono celular para sentirnos seguros.

Mucho se comenta de lo que sucedería a nivel mundial si se cayera la internet. No cabe duda que en nuestra época dependemos de esos instrumentos para infinidad de asuntos. Ya sería impensable cómo se podría vivir sin ellos..., y qué bueno, pero sin descuidar lo demás.

Qué maravilla vivir en nuestros días de forma tal que podemos comunicarnos con cualquier persona en todo el mundo y en tiempo real, y no como hace no mucho, por medio de cartas escritas en papel, y transportadas en aviones o barcos. Para muchos, los telegramas son algo desconocido. Y para quienes los usamos, son simples reliquias de épocas tan románticas como lejanas. Son esas cosas que, cuando hablamos de ellas, nos hacen sentir viejos... (¿Será que ya lo somos?).

Qué incómodo resulta viajar escuchando el llanto incontrolable de un pequeñito cuando no hay una razón para justificar su drama. La culpa, en muchos casos, es de los papás que se han dejado extorsionar por sus hijos desde recién nacidos. Claro que esto les puede parecer a muchos como una postura cruel que se opone al amor con el que deben ser tratados y comprendidos los niños. Si embargo, un poco de disciplina y, sobre todo, una postura serena de parte de los progenitores es muy sana ¡para todos!

En mi opinión, a los niños hay que enseñarles que esas actitudes son, en cierta forma, faltas de respeto a las personas cercanas. Cada persona ha de gozar de un mínimo de tranquilidad en su espacio vital íntimo, y ese perímetro resulta violentado por esos berrinches desmedidos.

Cosa distinta es el llanto motivado por malestares físicos como el dolor y el hambre. En esos casos se habrá de procurar lo que se tenga a mano para evitarlos y, en la medida de lo posible, y dependiendo de la edad del infante, convendrá educarlos en la virtud de la fortaleza, tan necesaria para mucha circunstancias en nuestras vidas.


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