Articulista invitado

Ensayo autocrítico de un "millennial" que entiende que no entiende

Me cuesta trabajo comprender qué criterios toman en cuenta los sociólogos para determinar los comienzos de las generaciones que estudian y cómo logran consensos entre sí. Yo nací en 1987, y eso al parecer me condena a ser considerado millennial (la también llamada Generación Y nació entre 1980 y 2000).

Decía von Keyserling que generalizar siempre es equivocarse, y quizás es cierto, pero también permite comprendernos con base en filias y fobias que el tiempo nos obliga a compartir. Por ello, me permito escribir este autoflagelatorio ensayo bajo el disclaimer de hacerlo englobando características que evidentemente no todos los aludidos compartimos.

Los millennial son un colectivo que se caracteriza por su enervante narcisismo, su amor por lo prestado, su serio desprecio a U2, su devoción por tomarse selfies, su falta de compromiso laboral, su sistémica incapacidad para disfrutar un momento sin compartirlo en Instagram y en general un social awkwardness probablemente asociado al abuso de la interacción vía redes sociales con otros millennial.

Sin embargo, no quiero soslayar que a diferencia de los babyboomers (1946-1964) y de la Generación X (1965-1979), los millennial se distinguen por su valiosa priorización de la felicidad sobre el dinero, su preocupación por desacelerar el cambio climático, su desencantamiento con el capitalismo voraz y en general una ideología socio-política de tolerancia (religiosa, sexual y étnica) y de respeto a los derechos humanos.

Dicho lo anterior, el presente ensayo es una queja a título personal a todo lo banal que echó a perder mi generación a causa de su extravagancia. Por ello, me permito señalar algunas cosas por las que desprecio (y que en medida comparto) de mi generación:

• LA CULTURA DE RENTAR

El millennial ha optado por evitar a toda costa el adquirir posesiones terrenales si puede rentárselas a alguien más. La urgencia que compartían las generaciones pasadas por comprar una casa o un vehículo no sólo no la comparte el millennial, sino que la tilda de innecesaria y encarceladora.

Lo anterior se palpa en la fobia del millennial a comprar un carro. Mejor se traslada en Uber o en transporte público. Es más rápido y práctico, pero sobre todo, alimenta el egocentrismo de mi generación al equipararse con Al Gore en su lucha por el cambio climático.

Probablemente a causa de esta cultura de rentar es que una de las aplicaciones favoritas del millennial es Snapchat (en la que se comparten videos por unos segundos pero después de su transmisión se eliminan); como si la trascendencia asustara a mi generación y lo efímero la sedujera.

• EL "TODAS-MÍAS"

El millennial tiene un apetito voraz por la mayor cantidad de contenido posible. Atribuyo esa apetencia a la complicidad entre mi generación y el internet que trajo la llamada era de la Sociedad de la Información.

Atrás quedó la televisión y el suplicio de esperar programas por horas, y también esa bella tradición de pasar a un Blockbuster para seleccionar la cartelera del fin de semana.

Ambas escenas fueron superadas por el streaming de series y películas en sitios como Netflix. El millennial quiere un catálogo de 5,000 películas que seguramente no verá por no saber con cuál empezar.

Además, aplicaciones como Spotify nos han coartado de visitas a tiendas musicales y compras de discos para explorar su libreto de ilustraciones y agradecimientos. Ahora por menos de 100 pesos mensuales se puede disfrutar de millones de canciones prestadas.

• E-DUCACIÓN

Los millennial pasaron a la historia como la primera generación que aprendió con la computadora y el internet. Además, la monstruosa cantidad de información alojada en la web les evitó la tortuosidad de dejar dudas sin responder que van desde ¿en qué fecha salió del aire Seinfeld? hasta ¿quién fue Baruch Spinoza? Gracias a Google se pueden responder esas y millones de preguntas más. ¿Cui bono?

Una escena cada vez más común es la del niño que despotrica en un lugar público y acto seguido, su sereno millennial padre, enfoca sus lentes engomados hacia el menor, pausa su conversación sobre su nueva clase de Yoga de la Risa y le pasa su iPad. Lo anterior, mágicamente apaciguará al infante. Esto seguramente acondicionará al niño de que el remedio a todo malestar siempre vendrá en presentación pantalla LED.

Y qué decir de la falta de ejercicio que le hemos dado a nuestros cerebros. Atrás quedaron las investigaciones en bibliotecas, el aferrarse a algún dato en concreto por temor a no recordarlo. Sabemos que como trapecistas de la vida siempre tenemos una red (literalmente) que nos acompañará en todo momento y lugar.

• IDEALISMO OPORTUNO

El millennial lee, discute y se indigna sobre los temas actuales. Recrimina a sus predecesores por no haber hecho más, reprueba a sus gobernantes por no saber transmitirle y se da el lujo de hacer todo esto sin salirse de su rutina y desde la comodidad de su smartphone.

Si bien es cierto que la protesta cibernética ha ayudado a derrocar a regímenes como el de Mubarak y Gadafi, el millennial se ha valido (de más) del internet para reemplazar otras formas de protesta. Es innegable la relevancia de las redes sociales en la actualidad, pero también lo es la proclividad a alejarse de la realidad cuando uno se sumerge en ellas.

Además, mi generación ha optado por abrazar muy lejanas culturas que nos trajo la cada vez más acelerada globalización y con ello ha desplazado a su lugar de origen.

Fuentes nos explicó que no hay globalidad que sirva sin localidad que valga y a veces el millennial por preocuparse por el kale de Asia, o el grano de café de Etiopía, ha olvidado su origen.

Por todas las razones aquí vertidas no cabe duda que el millennial llegó para revolucionar al mundo como lo conocíamos. Será interesante ver qué nos depara el destino con la llamada Generación Z (nacida a mitad de los 90 y primeros años de la década del 2000) y con la Generación Alpha que le sigue y que - para rematar- tendrá como padres a los aquí vituperados e incomprendidos millennial.

@alejandrobasave