Articulista Invitado

"Madiba", mi entrañable "Madiba"

Todo tiene o un precio o una dignidad;

lo que tiene un precio puede ser substituido

por otra cosa como equivalente;

en cambio lo que se halla por encima

de todo precio y, por tanto no admite

equivalente, tiene dignidad. Kant

 

Entrañable Madiba:

¡Te extrañaremos, te extrañaremos mucho!

Yo vivo en México, tú vivías en Sudáfrica, al otro lado del mundo, pero tu pensamiento, energía, pasión por las causas en las que creías, no tenían ni tienen fronteras. Seguirás iluminando nuestro pensamiento como lo hiciste durante tantos años.

Tuviste el valor de enfrentarte a un régimen inhumano y represor, el apartheid, y soportar 27 años de encarcelamiento sin que claudicaras a tus ideas e ideales; fuiste amenazado con la pena de muerte, pero no cediste; te ofrecieron la libertad a cambio del silencio y no aceptaste; preferiste aceptar el encierro de tu cuerpo antes que traicionar tus principios. Recuerdo las frases que pronunciaste al final del juicio al que te sometieron: “Siempre he atesorado el ideal de una sociedad libre y democrática, en que las personas puedan vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.

Viviste en una celda de 2.4 metros de largo por 2.1 de ancho, con derecho a solo una visita y una carta cada seis meses, pero tu alma se nutrió del dolor y del encierro, viajó libre, forjando tu pensamiento y alimentando tus tesis; pensamiento y tesis que al término de tu cautiverio cambiarían no solo a Sudáfrica, sino al mundo entero.

La segregación racial, la distinción por el color de la piel o por la raza a la que perteneces, ese acto deleznable que se vivió en muchos países y que aún permea en distintas sociedades —como la elitista sociedad mexicana— fue la razón de tu lucha. Lucha por la cual sacrificaste lo más valioso que tiene el hombre: la libertad.

Quién lo iba a pensar, el presidiario de la cárcel de Robben Island poco después de ser liberado sería el presidente de Sudáfrica. Tu alma siempre libre ahora tendría el destino de transformar a tu país. Podías haberte vengado de tus captores, de los blancos que te privaron de la libertad, pero si fuiste grande en el cautiverio, mayor grandeza de alma demostraste en libertad. No buscaste la venganza que muchos clamaban, porque denigra al ser humano; a cambio ofreciste el perdón y la reconciliación que engrandece. Esa fue y seguirá siendo una de las mayores lecciones que nos dejaste y que no podremos olvidar.

Lograste lo que parecía imposible: la convivencia pacífica entre las mayorías africanas de color oprimidas y los africanos blancos opresores ¿Quién no recuerda aquel inolvidable juego de rugby en el cual el equipo sudafricano obtuvo el título de campeón mundial, equipo al que desde un principio le otorgaste el apoyo moral a todos sus jugadores, principalmente compatriotas blancos que integraban dicho equipo? Aquello fue una señal de que blancos y negros estaban obligados a convivir en beneficio de todos los sudafricanos.

Los trabajos forzados, consistentes en picar piedra durante horas y horas, perjudicaron tu vista, pero no doblegaron tu espíritu. Tú eras solo el preso 466/64, que significaba, simplemente, el número de tu celda y el año en el que ingresaste a la prisión. Un número, solo un número para tus captores, pero no un ser humano.

No importa cuán estrecho sea el portal cuán cargada de castigos la sentencia.

Soy el amo de mi destino.

Soy el capitán de mi alma.

Este pensamiento de William Henley iluminó tu vida y trazó un sendero, que es motivo de inspiración para muchos de nosotros.

Nelson Mandela, merecido ganador del Premio Nobel de la Paz en 1993 por sus grandes aportaciones a la humanidad, uno de los grandes hombres del siglo XX junto con Churchill, De Gaulle, Gandhi, Juan Pablo II, Kennedy, Luther King, líderes que se enfrentaron a las barbaries de su época, barbaries que solo los seres humanos somos capaces de cometer.

Señor presidente Mandela, permítame llamarle Madiba, así, simplemente, Madiba, como lo llamaban las personas humildes de su tierra a los que tanto amó y que tanto lo amaron. Yo también lo amé y lo seguiré amando hasta que Dios nos permita reunirnos, así lo espero, allá donde no hay blancos ni negros, solo almas que han amado en vida a Dios y a sus semejantes.

alberto.nunez33@gmail.com