Articulistas invitados

El ‘Poli’ y los reformistas del ‘freCEU’

Este es un momento clave para que la comunidad politécnica vuelva a dar una muestra de que, pese a su juventud, puede recuperar su institución y dejar en claro que cualquier salida a los conflictos pasa por la negociación.

Podríamos citar a Sun Tzu o a Nicolás Maquiavelo; a Lenin o a Mao. A clásicos de la táctica y la estrategia, hacia atrás en la historia o hacia el más acá contemporáneo. Pero el momento que viven los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional lo define mejor la siguiente historia: la de la marchanta que vende un puerquito. —¿Cuánto vale? —le pregunta un cliente. —Quince para usted —le contesta. —Bueno, le doy 20 —dice aquel. —Ah, no (sospecha ella, ante la insólita oferta), ahora vale 30.

Los movimientos sociales se valoran por la capacidad que despliegan para cumplir sus objetivos y mantener su integridad. Si además el contexto en el que se desenvuelven es el de una opinión pública favorable y una autoridad (su contraparte) que se muestra receptiva a sus demandas y que manifiesta con algunos hechos su voluntad de resolver las cosas, es muy difícil pensar que al movimiento le sea difícil alcanzar sus objetivos.

¿Cómo juzgar si un movimiento social ha tenido éxito? Antes que nada, centrándonos en sus objetivos iniciales, contenidos en el famosísimo “pliego petitorio”. El pliego de peticiones es el Santo Grial, la primera manzana de la discordia entre quienes se disputan la dirección de un movimiento. Mientras más preciso y más concreto, el PP será capaz, hacia dentro, de cohesionar al estudiantado; y hacia afuera, de explicar lo que se busca. Un buen pliego petitorio es aquel que se resume sin confusiones en un volante, un cartel o una manta (según el manual del ruco activista, porque ahora sería: en un tuit, un meme, o en una foto pal feis).

Pongamos por ejemplo, brevemente, el movimiento estudiantil de 1986-87 en la UNAM, el cual vivimos intensa y activamente desde dentro. En el origen, su objetivo era nítido: echar abajo la llamada ley Carpizo, en especial la derogación de los reglamentos generales de Inscripción, Exámenes y Pagos. En el camino, y puestos en la discusión de poner a debate qué institucion queríamos —a partir del diagnóstico carpiziano, “Fortaleza y debilidad de la Universidad Nacional”—, sumamos la demanda de realizar un Congreso Universitario. Y de ahí no nos movimos, a pesar de que no faltaban los ultras que en cada asamblea querían pedirle más peras al olmo.

Tras una huelga de 20 días y en la cresta de una impresionante ola de movilizaciones, el CEU decidió levantar el paro una vez que la rectoría de la UNAM aceptó las peticiones estudiantiles. Tomar la decisión no fue fácil; las asambleas nuevamente se convirtieron en campos de batalla entre los que creíamos que nuestro movimiento había triunfado porque el pliego petitorio estaba satisfecho en lo esencial, y quienes discutían ¡hasta con diccionario en mano! el significado de la palabra “asumir” como condición para regresar a clases.

Pero ganamos las asambleas y el estigma: los ultras de entonces (que resucitarían en la derrotada huelga de 1999-2000, por cierto) nos endilgaron el epíteto de “fresas” y reformistas: éramos el freCEU.

Los estudiantes del IPN están atravesando el momento de la marchanta del puerquito, pero sobre todo el que vivimos en el CEU en febrero de 1987. Ahora que les quieren comprar el marranito, sería un fatídico error no querer vender. O cotizarse; o recibir sospechosos “apoyos” de otros grupos a los que el gobierno no les ha dado el trato comedido de un secretario de Gobernación subido en un templete con ellos. ¡Ya hubiéramos querido nosotros tener a Manuel Bartlett en el Parque Hundido!

La claridad de los objetivos y alcances del movimiento; los momentos para escalar una ofensiva, para sentarse o levantarse de una negociación son fundamentales y en esa claridad de objetivos, los movimientos deben ser capaces de separar lo prioritario de lo que no es. Una negociación (palabra muy desaprovechada desde la izquierda social que la equipara casi a una traición) es eso: saber qué se da a cambio de qué se recibe.

Si en el Poli el objetivo inicial era el malestar provocado por el nuevo reglamento interno o los nuevos planes de estudio en la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, esos dos puntos por lo menos ya están congelados. Pero si un colectivo se moviliza por conseguir 10 demandas y la autoridad da una respuesta pública, formal, a todas: a los niveles que sea, la oferta es aceptable. No faltará quien minimice lo obtenido y lo califique de insuficiente, de un truco propagandístico del gobierno. No faltará quien quiera descalificar a un secretario en posiciones mediáticas (¿pues qué esperaban, que no hiciera su chamba a favor del bando en que está?).

La gran dificultad de este movimiento sería no aceptar su victoria y levantar sus banderas. Asumirse triunfante, cuando otros sectores enfrentan ya no digamos la cerrazón de la autoridad, sino las balas.

En una lucha breve, ejemplar por su civismo y su organización, los estudiantes politécnicos han logrado sus demandas principales. Los del Poli ganaron en unos días lo que en 20 años no alcanzó el EZLN, en tres años el SME, en un año la CNTE, y paremos de contar. Si la idea es hacer un movimiento para tirar al gobierno, o para demostrar a las masas el carácter capitalista del Estado capitalista, dudamos seriamente que la comunidad estudiantil mantenga ese apoyo.

Este es un momento clave para que la comunidad politécnica vuelva a dar una muestra de que, pese a su juventud, puede rebasar la cultura de la derrota de la izquierda que no sabe cómo ganar, no el cielo por asalto sino simplemente recuperar su institución y demostrar que cualquier salida a los conflictos pasa por la negociación.

Estallar un movimiento nunca será tan complicado como levantarlo.

*Ex activistas y dirigentes estudiantiles de la ENEP Acatlán.