Algo que vale la pena contar

Algo que vale la pena contar

-¿Un cafecito mi General?  -Prefiero un tequilita... -Aquí lo tiene, "Revolución añejo 1910". -¡Ahhh, está pegador!  

-¿Limoncito? -Ni me diga, era una de mis canciones preferidas... hasta que la tocaron justo en el momento de mi asesinato en la Bombilla en 1928. -Ya veo, muy desafortunado incidente, sobre todo porque lo despacharon para acá... antes de tiempo, quiero decir. -Bueno, seguramente ese segundo período hubiera cambiado el trato de la historia hacia mi persona...

-¿Lo cree así? - ¡Por supuesto! Quién si no yo hubiera podido consolidar lo que había iniciado en mi primer mandato, la Secretaría de Educación Pública, el reparto agrario, la seguridad social… incluso los temas que traía en agenda, por consejo mío claro está, el traidor de mi compadre Plutarco. Pero me apaciguaron a la mala, ni hablar. -A poco todavía, después de lo que pasó, ¿de veras cree que la reelección fue buena idea?          

-Pues mire, México apenas se estaba acomodando y pensé que todavía necesitaba, literalmente, una mano fuerte como la mía, pero me confié y aquí estamos. -Ciertamente la confianza, sobre todo en política suele cobrar facturas muy caras. -¡Ni que lo diga! Ya ve como incluso ahora en estos tiempos modernos, confiados gobernantes y confiados ciudadanos, suelen amanecer desplumados de un día para otro. -Ya no hay nadie en quien confiar... -Nunca lo ha habido, pero creo que el ejercicio político se ha relajado demasiado, en mis tiempos, guajolote que se salía del huacal, terminaba en mole.

-Lo veo justo ahora... -Quiero decir, que el manejo político, tiene cierto margen de tolerancia, cierto margen... pero llega un punto en el que si el pueblo se cansa de apuestas y propuestas eternas, termina por no creer más, gana la desconfianza y eso se refleja en la masiva falta de respeto a las instituciones e investiduras, en la ausencia de participación política a través del voto, esa que precisamente mucho nos costó consolidar en la propia Revolución...

El General Obregón se quedó pensativo, como evocando viejas glorias, apuró el resto de su tequila y finalmente se marchó tarareando…limoncito, limoncito, pendiente de una ramita…

Somos lo que hemos leído y esta es, palabra de lector.


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