Algo que vale la pena contar

De calambures hablando

La riqueza de nuestro lenguaje es infinita. Alguien me dijo alguna vez: si vas a decir mentiras o verdades, nunca pierdas la elegancia. Y seguramente encontramos esa elegancia entre los más de 300 mil vocablos que atesora nuestro idioma. Por supuesto que ante tal abundancia, el ingenio no dejaría de ser tentado y un claro ejemplo de ello son precisamente, los calambures.

Un calambur consiste en un juego de palabras que, agrupando de distinto modo sílabas y ortografía, modifica el sentido de la frase: Una tarde serena, tenaz (Un atardecer en Atenas) / Ave, César de Roma  (A veces arde Roma). El calambur es también un recurso muy utilizado en las adivinanzas: Fui al centro y vi unos zapatos y los compré ¿Qué compré? (Hilos). Te la digo, te la digo, te la vuelvo a repetir; te la digo veinte veces y no la sabes decir (Tela).

Cuenta la leyenda que el más famoso calambur se le atribuye al genial Francisco de Quevedo. Cierta tarde, llegó el poeta a la taberna donde compartía alegrías con sus amigos. Después de varias jarras de vino la plática se centró en el tema de moda: la cojera cada vez más evidente que padecía en uno de sus pies la reina consorte Mariana de Austria. Mucho se bromeaba entre los pueblerinos sobre aquel desperfecto de la monarca a quien, como era de esperarse, ninguna gracia le hacían las bromas que por tal defecto le atribuían.

Quevedo sin embargo, tan seguro de sí mismo como era, apostó con aquellos amigos que era capaz de decir en su propia cara a la reina que era coja. Los camaradas incrédulos y pensando que estaba borracho, aceptaron felizmente pagarle durante un mes la cena todos los días, si cumplía con lo anunciado. Cierta mañana sus majestades anunciaron una visita a la ciudad. Quevedo se aseguró también de que sus amigos acudieran. Llegaron los reyes, y el poeta, quien llevaba en sus manos un clavel y una rosa, aproximándose a la soberana y haciendo una solemne reverencia le dijo: "Está su majestad tan radiante como siempre y he traído un presente para festejar semejante lozanía" - guiño un ojo a sus amigos y tendiendo ambas flores remató: "Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja".

Somos lo que hemos leído y esta es, palabra de lector.



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