Sin ataduras

Soledad de México: oportunidad histórica

Desde la entrada en vigor del Tlcan, en 1994, México ha ido poco a poco perdiendo una voz propia en el mundo, al ser percibido como un apéndice económico de Estados Unidos.

A partir de entonces, hace 22 años, México decidió engancharse como cabús, en la cola del gran tren norteamericano, y creíamos que la prosperidad de México estaba asegurada para siempre.

Pensábamos que no había nada más que hacer: creímos que no había alternativa, limitados por el determinismo geográfico. Confiamos en la buena voluntad de Estados Unidos, a pesar de la experiencia histórica.

Estábamos satisfechos por el súbito éxito de nuestro país: europeos y asiáticos comenzaron a subir cada vez más al cabús mexicano para ingresar por la puerta trasera del ferrocarril más grande del mundo y de paso disfrutar de la tradicional hospitalidad mexicana.

Pero, desde hace casi dos años, empezaron a oírse en el último vagón amenazas, insultos y mentiras sobre México, que provenían de la poderosa locomotora. No hicimos caso, no va a pasar nada, es un loco, y nos dormimos.

Hasta que una noche despertamos de la pesadilla, el cabús mexicano se quedó parado y nos dimos cuenta de que fue desenganchado mientras dormíamos. Nuestro vagón se quedó inmóvil, mientras se alejaba la poderosa locomotora.

Bajamos del vagón, volteamos a todos lados y pedimos ayuda. No había nadie en la oscuridad de la noche helada. Estábamos solos en el desierto. Los canadienses ya se habían ido con sus vecinos sajones y nosotros ya habíamos olvidado a los hermanos latinoamericanos.

Es hora de ponernos a trabajar y cruzar el desierto a pie. Pero algunos parecen ciegos, sin mirar que ya se fue el tren: tecnócratas mexicanos siguen hablando de prosperidad compartida, competitividad regional y Trump ni se entera.

Ahora estamos pagando las consecuencias por no haber diseñado y ejecutado una política exterior diversificada, con una visión estratégica que realmente haga contrapeso a la enorme influencia de Estados Unidos.

Abandonamos nuestros principios de política exterior con la ingenuidad de asimilarnos al vecino del norte y fuimos alejándonos de nuestros vecinos de América Latina.

Hicimos a un lado nuestra tradicional defensa de los débiles con base en el derecho internacional para hablar de México como un país poderoso, la decimocuarta economía del mundo, que intercambia un millón de dólares por minuto con Estados Unidos.

A pesar de ser el país hispanoparlante más grande del mundo y frontera histórica de Iberoamérica con la región anglosajona, México abandonó su tradicional política de asilo y de liderazgo en América Latina.

Afortunadamente para México, nuestra cultura es tan arraigada y tan aceptada por los latinoamericanos que nos mantiene unidos, a pesar de todo.

El presidente Peña Nieto no respetó ni sus propios objetivos. Un día proclamó que América Latina es una prioridad y que asistiría a la cumbre latinoamericana y al día siguiente canceló el viaje. Y peor aún, la delegación mexicana en la cumbre ni siquiera mencionó la amenaza del muro.

Es encomiable el editorial de El País intitulado “En defensa de México”:

“Aunque quiera, México no podrá defenderse solo de la agresividad de un Trump cuya trayectoria vital está marcada por el peor matonismo político y empresarial. Por eso falta una voz alta y clara en defensa de México por parte tanto de Europa como, sobre todo, de la comunidad iberoamericana de naciones”.

En esta hora de disyuntiva, México tiene que cambiar su estrategia para ser menos vulnerable ante Estados Unidos y lograr un sano equilibrio.

Mientras pasa la tormenta, debemos defender a los migrantes y trabajar con nuestros aliados naturales en Estados Unidos:  alcaldes, mujeres, millones de ciudadanos estadunidenses que simpatizan con nuestro país, turistas y jubilados, grupos religiosos y organizaciones civiles.

Debemos intensificar las relaciones diplomáticas con los países con los que tenemos mayores afinidades o intereses.

Primero con América Latina. Tenemos que superar la rivalidad con Brasil y establecer una asociación para coadyuvar al desarrollo de la región por medio de mayores inversiones y comercio. Establecer posiciones comunes con los países centroamericanos en defensa de los migrantes y coordinar esfuerzos en legalizar el comercio de drogas suaves con naciones productoras.

Debemos continuar con la tradicional política multilateral de México, para reforzar las políticas bilaterales hacia Estados Unidos, particularmente en las áreas de combate a la tortura, desarme, tráfico ilícito de armas pequeñas, drogas, cultura, desarrollo rural y migración.

Finalmente, la agresión de Trump es la gran oportunidad para sacar lo mejor de nosotros mismos y cambiar el injusto modelo de desarrollo económico que ha causado tanta desigualdad.

Debemos transformar a México como un país más justo, solidario y honesto, motivo de orgullo para los mexicanos y de admiración para los extranjeros.

Posdata

El nuevo secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, se mostraba confiado en Los Pinos antes de viajar a Washington: “Vamos a llegar a un buen acuerdo”.

Todo fueron falsas ilusiones, como escribió Carlos Puig. De poco valió su amistad con el yerno de Trump. Lo dejó noqueado un tuit del suegro.

@AGutierrezCanet

gutierrez.canet@milenio.com