Sin ataduras

Guerra comercial contra Trump

Es necesario tener un plan eficaz para defender los intereses comerciales de México, en caso de que gane Donald Trump.

Dijo que quiere denunciar el Nafta, por sus siglas en inglés, por ser el peor TLC firmado por Estados Unidos.

El promedio de las encuestas más recientes indica que Hillary Clinton aventaja con cuatro puntos a Trump. Se espera un resultado electoral muy reñido. Dependerá de los votos electorales en estados clave y del apoyo que den, a Clinton o a Trump, los otros dos candidatos secundarios.

Propongo aquí la siguiente estrategia que México podría adoptar en defensa de las exportaciones a Estados Unidos, equivalentes a alrededor de 267 mil millones de dólares anuales.

México se puede defender en la Organización Mundial del Comercio (OMC) para dirimir un conflicto comercial con Estados Unidos. 

Estados Unidos actualmente tiene un arancel promedio consolidado en la OMC que aplica a todos los países del mundo de 3 por ciento. El arancel estadunidense específico para automóviles es de 2%.

Los aranceles se llaman “consolidados” cuando un país se compromete en la OMC a no subir dichos impuestos a las importaciones.

Si un país quiere subir el arancel consolidado lo puede hacer, pero resulta muy complicado.

Trump ha dicho que subirá el arancel hasta 35% para los coches hechos en México, tercer proveedor del mercado estadunidense, en lugar de solo el 2% mencionado. Ello violaría los acuerdos no solo del Tlcan, sino de la OMC.

Por ejemplo, con 35% de arancel, el Ford Fusion hecho en Hermosillo, Sonora, sería 8 mil dólares más caro, con un precio de venta al público de 30 mil 253 dólares. Nadie compraría en Estados Unidos ese auto tan costoso.

En este caso, Estados Unidos debería negociar con México en la OMC el alza de los aranceles, por ser uno de los países más afectados, e incluso debería pagar una compensación por la pérdida de comercio sufrida por nuestro país.

Si Estados Unidos se rehúsa a negociar con México la compensación, nuestro país, junto con Japón, Corea y Alemania, naciones afectadas, podrían presentar denuncias contra Estados Unidos en el seno de la OMC, ya que exportan al mercado estadunidense autos fabricados en territorio nacional, mismos que, por otro lado, se manufacturan con piezas estadunidenses y canadienses, no solo mexicanas.

La denuncia de México sería dictaminada por paneles de solución de diferencias, en el marco de la OMC.

Los paneles siguen un procedimiento largo, generalmente de más de un año, y complejo. Se crea un grupo especial, que consulta a un grupo de expertos, el cual elabora un informe que dictamina el diferendo comercial en favor de uno u otro país, dictamen que puede estar sujeto a apelación por cualquiera de las partes.

En esta disputa comercial automotriz, la segunda fuente de exportaciones de México, estarían en juego unos 56 mil millones de dólares, que tendría que pagar Estados Unidos. 

Y si el gobierno de Trump se rehúsa a pagar, nuestro país estaría autorizado por la OMC a adoptar medidas de represalia, equivalentes al monto de las resoluciones del organismo internacional.

Habría una guerra comercial entre México y Estados Unidos de gran envergadura.

Sería un proceso complicado y costoso, que a ningún país convendría. Quizá Trump podría recapacitar, antes de emprender una locura de ese tamaño.

Es conveniente señalar que el Congreso estadunidense es la máxima autoridad en materia comercial, no es el Ejecutivo, por lo que la aventura de Trump probablemente sería rechazada, incluso por los legisladores republicanos.

En suma, no creo que Trump llegara a cometer el error de denunciar el Tlcan, pero si lo hiciera en caso de ganar, tenemos a la OMC para defendernos.

Posdata

La destitución presidencial de Andrés Roemer Slomianski como embajador de México ante la Unesco pone en evidencia varios aspectos:

—La política exterior de México sigue siendo vulnerable a las presiones de Israel, por un lado, y de la comunidad judía en nuestro país, por el otro. El conflicto se remonta al gobierno de Echeverría, cuando nuestro país votó a favor de una resolución en la Asamblea General de la ONU que identificaba el sionismo como una forma de racismo, que culminó con la renuncia del canciller Emilio O. Rabasa.

—El ex embajador Roemer mostró lealtades divididas, entre México e Israel, independientemente de si las instrucciones eran acertadas o no. En señal de rechazo a la posición del gobierno que representaba, abandonó la sala. Si no estaba de acuerdo, debió haber renunciado.

—El amiguismo del entonces canciller José Antonio Meade para promover a Roemer, su compañero del ITAM. Fue Meade quien lo apoyó para ser designado primero cónsul general en San Francisco, y después embajador ante la Unesco. Hoy se pueden apreciar las consecuencias de esa nociva práctica para la diplomacia mexicana. Son carísimas para el país las improvisaciones de novatos.

—Se le dio un trato de privilegio al señor Roemer, quien alardeaba haber aceptado el nombramiento como cónsul general con la “condición” de poderse ausentar, al menos una semana al mes, de su sede en San Francisco, para atender asuntos personales en México, con la tolerancia de la Secretaría de Relaciones Exteriores. A ningún diplomático de carrera se le permitirían tales “comisiones” por ser ilegales.

@AGutierrezCanet

gutierrez.canet@milenio.com