Cambio y fuera

Del videojuego a los "drones"

Hace un par de meses, en el trayecto del aeropuerto JFK a Manhattan, vi letreros que advertían Don´t text while driving (No envíes textos mientras manejas). El clásico “No bebas mientras manejas” cambió un verbo. Y pensé que era una señal de los cambios en la conducta humana de la era digital.

Otra señal la percibí cuando el Premio Príncipe de Asturias 2012, en Comunicación y Humanidades, se le otorgó al genial Shigeru Miyamoto. El creador de Súper Mario, Zelda y otros juegos de Nintendo, había dejado atrás a su más fuerte contrincante, la filósofa Victoria Camps, autora de libros de ética como Virtudes públicas y Qué hay que enseñar a los niños.

Ahora que Jeff Bezos, el dueño de Amazon, anunció que utilizará drones (aeronaves no tripuladas) para entregar libros a domicilio, recordé otra señal en el testimonio que Brandon Bryant, operador de drones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, acaba de hacer público.

Ya sea desde un tráiler en el desierto de Nevada, una base de la Fuerza Aérea en Nuevo México o desde la localidad iraquí de Balad, pero siempre a kilómetros de distancia y sin moverse de su asiento, Brandon participó en siete misiones manejando drones a control remoto y disparando misiles contra Irak y Afganistán. La primera vez fue en 2007, cuando recibió la orden, también desde algún sitio remoto, de dispararle a tres sospechosos de portar armas en la provincia de Kunar en Afganistán. Y obedeció. En cuestión de segundos su pantalla le mostró órganos humanos desparramados y a un sujeto, vivo, sin una pierna. “Lo vi, lo vi desangrarse lentamente hasta morir”. El joven, entonces de 21 años, le llamó esa noche a su madre en Montana. Sollozaba. Había matado gente. Lo vio en su monitor. Cuando lo reclutaron, en 2005, le dijeron que su tarea sería “como la de los chicos que le dan a James Bond toda la información que requiere para completar su misión”. El pensó
que salvaría vidas.

En otra ocasión, le ordenaron disparar a un edificio. Segundos antes del impacto del misil, creyó ver en su pantalla a un niño moverse. Ya consumada la operación, inquieto, pidió información a sus superiores. Le dijeron: “Para el reporte, se trata de un perro”, pero el informe nada dijo sobre aquella pequeña figura en movimiento que pasó a formar parte de sus pesadillas, junto con los personajes del videojuego World of Warcraft.

A partir de entonces, narra, actuó como un zombi, pero seis años y 6 mil horas “de vuelo” después, decidió darse de baja, aunque le ofrecían un bono de 109 mil dólares para que continuara. Cuando leyó en su diploma: “Total de enemigos caídos en acción: mil 623”, la asepsia le indignó, “me sentí enfermo”. Luego vino el alcohol y una depresión profunda hasta que optó por ir a terapia (le diagnosticaron trastorno por estrés postraumático) y hacer público su testimonio en los medios: “Podemos tener toda la tecnología, pero no somos perfectos, lo importante es quién la usa y para qué. Somos personas, no robots. Esto no es un videojuego”.

Después de todo, en el caso Brandon, se impuso la ética. Y demostró que Victoria Camps es más necesaria que nunca.

adriana.neneka@gmail.com