Cambio y fuera

La semilla del odio

Cada bala y cada bomba del ejército israelí sobre el pueblo palestino es una semilla de odio en la memoria de los padres que entierran a sus niños, en la de hijos que se quedan huérfanos, en quienes se quedan sin casa, escuela, hospital y refugio.

En 2009, cuando Israel lanzó su operación Plomo Fundido en la Franja de Gaza, corrieron ríos de tinta ante el horror de la barbarie, los niños muertos, los miles de heridos y los desplazados. Se organizaron manifestaciones en las principales ciudades del mundo contra los ataques indiscriminados contra civiles palestinos. Como hoy, la ONU pedía un alto el fuego… ¿Por qué se repite la historia una y otra vez?

Recuerdo la frase de Manuel Vicent: “El odio de los humillados es el arma de más largo alcance”, para visualizar que cada bala y cada bomba del ejército israelí sobre el pueblo palestino es una semilla de odio en la memoria de los padres que entierran a sus niños, en la de hijos que se quedan huérfanos, en quienes se quedan sin casa, sin escuela, sin hospital y sin refugio. Éste, dice el director de orquesta y mensajero de la paz de la ONU, Daniel Barenboim, no es un conflicto político, sino humano, cuya esencia fundamental “sigue siendo una materia desconocida e inexplorada”.

En el libro Israel a cuatro voces, de Silvia Cherem, David Grossman habla sobre la condición humana, el bien y el mal, y no de “buenos” y “malos”, porque, asegura, “la Bestia” puede emerger “de cualquier criatura si se alimenta de manera correcta”.

Shiran Zelikovich tiene 15 años y escribe su Diario en Tel Aviv. Es un relato del miedo en el que vive de las consecuencias de ver tanta sangre derramada alrededor: “No entiendo por qué hay gente que quiere matarme. ¿Hay algo malo en vivir? ¿O en ser judío?” Y su convicción: “Cuando sea mayor, quiero ayudar a mi país y luchar contra estos terroristas horribles”.

Mary Masrieh Hazboun, joven palestina, escribe el suyo desde Belén: “Ahora ya no existe ninguna diferencia entre la vida y la muerte. Yo prefiero morir, así no tendré que ver los horrendos crímenes que se cometen contra mi pueblo. Quizá estaremos más seguros en el otro mundo, junto a mi dios. Mi primo me preguntó: ‘¿Por qué no podemos jugar y divertirnos como los demás niños del mundo? ¿Qué hemos hecho para sufrir así?’ Yo me reí y le dije que ser palestino es un crimen”.

Los dos textos, de 2002, forman parte del libro Voces robadas, que editó Zlata Filipovic, “la Ana Frank de Sarajevo”, con Diarios de guerra de niños y adolescentes desde la Primera Guerra Mundial hasta Irak.

Tanto Shiran como Mary hablan del horror y del anhelo de vivir en paz. Pero sus diarios también reflejan el alimento que han recibido desde la cuna, en la escuela, en los medios de comunicación, en sus casas... Un alimento al que le faltan semillas de empatía y de interés por entender el sufrimiento y los derechos del Otro.

Barenboim, que en 2001 formó junto con Grossman una orquesta con músicos árabes e israelíes, diría que son necesarias más semillas de compasión, ya no solo como un sentimiento, sino “como obligación moral”. Porque el fin de la ocupación israelí, el derecho de los árabes de Palestina y el de los judíos de Israel a “un hogar” son luchas y anhelos que solo serán posibles desde el mutuo reconocimiento y el diálogo.

En la guerra todos pierden. Y el cese el fuego urge, pero no basta. Hace falta sembrar semillas de paz.

adriana.neneka@gmail.com