Cambio y fuera

El secreto del maestro

El 21 de agosto de 2011, el maestro Sergio Juárez Correa entró al salón de clases donde iniciaría el curso de sexto año de primaria. Reacomodó las viejas bancas de madera en grupos y ante la mirada confundida de los niños tomó asiento junto a ellos y les prometió que se convertirían en los mejores estudiantes del mundo. Luego les preguntó: “¿Qué quieren aprender?”. Nueve meses después, los resultados sorprendieron a todo México.

Ese día, el maestro pondría en práctica todo lo que había estudiado, leyendo y devorando videos en internet, acerca de las nuevas formas de enseñanza en el mundo. ¿Cuál es su método? ¿Cómo es que este joven profesor logró que sus estudiantes destacaran a escala nacional desde un barrio marginado como El Basural, en Matamoros, y en un estado como Tamaulipas, azotado por la violencia, el miedo y el narcotráfico?, preguntaron, vía correo electrónico, decenas de personas que leyeron esta columna la semana pasada. Se lo preguntan, a su vez, académicos del Centro de Investigación de Estudios Avanzados (Cinvestav) del IPN que tienen el propósito de invitarlo para que les diga cómo logró animar a sus alumnos para pensar sobre las matemáticas. Se lo preguntó Wired. Y, meses antes, la Fundación Legorreta Hernández AC, que viajó al norte del país para confirmar que las capacidades de Paloma Noyola son extraordinarias y que merece apoyo. Integró un fideicomiso y gracias a la aportación de 273 ciudadanos, la niña recibe una cantidad mensual que garantiza su educación de aquí a cinco años.

Inspirado, entre otros, por Sugata Mitra, profesor en educación tecnológica en Reino Unido, y sus exitosos experimentos en India, Juárez Correa retomó su filosofía en el sentido de que los niños aprenden a investigar lo que les interesa si su curiosidad e inteligencia son estimuladas.

Por Wired sabemos de cuando entró a clase y antes de explicar el concepto de fracciones y decimales, escribió en el pizarrón: ½=? Y ¼=? “Piénsenlo un momento”, les dijo, y se fue a la cafetería por monedas para hacer el ejercicio con ellas. Cuando volvió, Paloma ya había escrito en un papel: .50 y .25. O cuando les contó, entre muchas otras narraciones que suele utilizar, la historia del matemático alemán Carl Friedrich Gauss. Era niño cuando su maestro le pidió al salón que sumara cada número del 1 al 100 y él respondió instantáneamente. “¿Alguien sabe cómo lo hizo?”, preguntó Suárez Correa. Los niños empezaban a sumar cuando Paloma alzó la mano y dijo: “La respuesta es 5 mil 50”. “Hay 50 pares de 101”.

Así continuó con geometría… jugando en equipos. Y con la propuesta de Mitra en mente, de permitir que los niños “deambulen sin rumbo fijo alrededor de las ideas”, emprendió debates en clase, sin miedo a los temas. Y debatieron sobre democracia, homosexualidad, el aborto o el fenómeno de la migración a Estados Unidos. Hizo, pues, que la escuela se relacionara con la vida.

Si hay un secreto, es de Suárez Correa. Pero queda claro que detrás de su método hay pasión por el aprendizaje, amor a los niños e inteligencia para acompañar a otros en su camino al conocimiento.