Cambio y fuera

La respuesta está en el mar

La explicación de por qué, luego de 13 meses y 10 mil 500 kilómetros a la deriva en el Pacífico, un tiburonero que salió a pescar en las costas de Chiapas y naufragó fue a dar con vida, como los de San Blas, a las Islas Marshall la tiene el mar.

El cuarto estaba totalmente oscuro. Me sentaron en un banco y con una luz directa a la cara que me impedía ver a mi interlocutora, escuché la primera pregunta: “¿Qué pruebas traes para comprobar que el naufragio fue real?”. Le respondí: “Soy reportera, no policía; hubiera necesitado ir en la panga con los pescadores para demostrar que pasaron nueve meses en el mar”. Era diciembre de 2006 y estaba en el estudio de Associated Press Tv para una entrevista acerca de la publicación del libro Los náufragos de San Blas.

Hoy, como entonces, la respuesta la tiene el mar. Y la explicación de por qué, ocho años después y luego de 13 meses y 10 mil 500 kilómetros a la deriva en el Pacífico, un tiburonero salvadoreño que salió a pescar en las costas de Chiapas y naufragó fue a dar con vida, como los de San Blas, a las Islas Marshall, donde lo rescataron el 30 de enero pasado.

El doctor en biología Juan Pablo Gallo Reynoso, especialista en hidrobiología (aguas marinas y terrestres), me daba en 2006 un argumento científico: “Lo importante es que hay dos corrientes: una viene desde Costa Rica hacia México y otra viene bajando de California hacia el sur de la península de Baja California. Cuando confluyen, se mezclan y conforman la corriente norecuatorial tropical que, producto de un efecto planetario de rotación de la Tierra, se aleja del continente hacia mar abierto en dirección a Hawái y al sur de aquel archipiélago”.

Antes de integrarse, las dos corrientes tienen diferente densidad (cantidad de sal y temperatura), por lo que la mezcla determinará la rapidez con la que viaja una embarcación, que en este caso se calcula en 1.2 kilómetros por hora o 30 kilómetros al día, como velocidad de desplazamiento promedio. Para el especialista, esto explicaba por qué la panga de los de San Blas recorrió ocho mil kilómetros en nueve meses, que corresponden a los cálculos mencionados. En el caso reciente de José Alvarenga, investigadores de la Universidad de Hawái avalan la versión del pescador como consistente de acuerdo al patrón de los vientos y las corrientes oceánicas predominantes durante su naufragio.

Hoy afirma Gallo: “Si el relato de los tiburoneros de San Blas no fuera tan real, su historia no sería tan similar (a la de Alvarenga). Las corrientes son las mismas”.

José describe las mismas especies de peces y aves que alimentaron a los de San Blas, además de las tortugas que, según comentó hace unos días a la BBC el nutricionista Giuseppe Russolillo, le dieron al salvadoreño grasas y proteínas mientras que su sangre le dio la concentración de azúcares, nutrientes y sales necesarias para sobrevivir. Por otro lado, según decía Gallo en 2006: “La vitamina C, fundamental para la vida, solo se encuentra en plantas verdes, frutas y, por extraño que parezca, en el hígado de los tiburones, los peces y algunos otros animales marinos” que los náufragos tuvieron a su alcance. Igual que el agua de lluvia para beber, debido a los fenómenos metereológicos que coinciden con el trayecto.

Ocho años después, la historia de José Alvarenga le da a los tiburoneros de San Blas un argumento de credibilidad.

adriana.neneka@gmail.com