Cambio y fuera

De Mark Twain a Donald Trump

¿Podría un país que ha leído Huckleberry Finn tomar en serio a Donald Trump por un segundo? Los lectores de Mark Twain recordarán al rey y al duque y sabrán identificar a un estafador. El problema, escribe David Denby en el New Yorker, es que en la sociedad estadunidense cada día se lee menos literatura.

En su texto publicado en la edición de febrero, el autor de Los grandes libros advierte que quizá nunca en la historia se han leído tantas palabras, fragmentos, síntesis, piezas sueltas de información... en dispositivos digitales, pero que, a partir de la adolescencia, los jóvenes en su país están demasiado ocupados viendo series de televisión, chateando en internet, enganchados en los videojuegos, en Instagram o en Facebook, como para sentarse a leer un libro de largo aliento que carece de la gratificación instantánea, altamente adictiva, que les da la pantalla. Y ahora ya no son solo niños y jóvenes, sino adultos y también viejos lectores quienes viven pegados al teléfono inteligente.

Los lectores profundos siempre han sido minoría, pero esa minoría ha decrecido y el valor que las sociedades daban a la literatura ha cambiado. Recientemente, Matt Bevin, el gobernador de Kentucky por el Partido Republicano, advirtió que si un joven optaba por estudiar Literatura Francesa estaba en su derecho, pero que no recibiría el subsidio financiero que los contribuyentes otorgan a los estudiantes de ingeniería y de negocios.

Los maestros en humanidades, tan definitivos en la formación emocional y ética de los estudiantes, son hoy en Estados Unidos el gremio más ignorado y despreciado, asegura Denby. En la medida en que la sed por la belleza y la complejidad disminuyen, también se pierden habilidades de comprensión de textos, de juicio, de interpretación crítica, de empatía y hasta de ingenio, capacidades estimuladas por la lectura profunda, tan menospreciada hoy en un país de escritores como Walt Whitman, William Faulkner, Edgar Allan Poe, Ernest Hemigway, Harper Lee, John Dos Passos, Patricia Highsmith, Carson McCullers, Toni Morrison, Paul Auster, Philip Roth...

Los lectores saben que la literatura transforma, pero no pueden probarlo, porque lo que saben es literal y espiritualmente inmedible, advierte Denby, y aunque intelectuales, como Harold Bloom, insistan en el papel de la lectura profunda en la formación humana, "me temo que se dirigen a los que ya están convencidos".

Ahora que Trump ocupa los reflectores, sería interesante medir a cuántas palabras asciende su vocabulario. Dato importante si recordamos a Wittgenstein: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo".

adriana.neneka@gmail.com