Cambio y fuera

El poder de la paciencia

John Singleton Copley era, en 1765, el mejor retratista de Estados Unidos en la época colonial. Vivía en Boston y se sentía aislado a miles de kilómetros de la más cercana academia de arte. Talentoso y autodidacta, quería ponerse en contacto con sus más admirados artistas londinenses. Pintó Niño con ardilla, empacó la obra en un cajón, caminó hasta el puerto y la envió por barco al otro lado del mar. La pieza tardó un mes en llegar a la capital británica, se atoró otro tanto en la aduana y llegó tiempo después a manos de los académicos. Un amigo suyo le escribió para informarle acerca de lo que opinaban de su obra los maestros. La carta cruzó el océano de regreso con el viento en contra y tardó en llegar a Boston dos meses. Luego de casi un año, Copley pudo por fin abrir aquel sobre y leer la retroalimentación que lo llevó a corregir su obra maestra.

Tres siglos después, el pintor David Hockney sufrió un derrame cerebral menor que le atrofió el habla por un tiempo, pero se dio cuenta que el silencio le ayudaba a concentrarse mejor y que podía dibujar, así que en 2013 se instaló durante seis meses en los bosques de Woldgate en Yorkshire del Este, Inglaterra, y esperó la llegada de la primavera mientras iba registrando sobre papel, con negros, blancos y grises, la transformación del paisaje. Antes, en 2011, había capturado el arribo primaveral y las nuevas formas y colores que poco a poco le regalaba la naturaleza, con un iPad. El camino, los árboles, las ramas, las hojas, las flores, la lluvia… hablaron por él en un estallido de belleza deslumbrante. Luego imprimió las imágenes a gran escala y en 2014 tuve la suerte de ver el resultado en la galería Pace de Nueva York. Otra obra monumental, al óleo, se exhibe hoy en el Munal como pieza estelar de la exposición Landscapes of the mind.

Dice David Joselit que las obras artísticas son, como las estrellas, depósitos profundos de tiempo, información y experiencia. A Copley y a Hockney los separan 250 años, pero algo tienen en común: la paciencia. “Inteligencia temporal” le llaman hoy al recurso que nos permite tomar las riendas en el manejo de nuestro propio tiempo frente al vértigo de la vida contemporánea que impone el deseo de la gratificación inmediata y la idea de que el acceso tecnológico, por sí solo, es sinónimo de conocimiento. Por eso, una de las apuestas pedagógicas del siglo XXI es la desaceleración y el rescate de la perseverancia y la contemplación. Y es que, a la larga, pueden ser muy productivas.

adriana.neneka@gmail.com