Cambio y fuera

El papá de Malala

"Yo soy Malala" cuenta la historia de esta niña que sobrevivió a las balas del Talibán y que a los 17 años es Premio Nobel de la Paz 2014. Pero también es retrato de quien le da alas: Ziauddin Yousafzai.

El 12 de julio de 1997 su esposa dio a luz a una niña en Mingora, en el hermoso Valle del Swat, Pakistán. No sonaron los rifles en son de fiesta con los que se acostumbra celebrar el nacimiento de un varón. Pero Ziauddin Yousafzai, el padre de 28 años, lejos de esconderla detrás de la cortina donde cumpliría el deber de dedicar su vida a preparar comida y tener hijos, pidió a todos que arrojaran frutos secos, dulces y monedas dentro de la cuna, igual que con los niños, y en el árbol genealógico familiar, cuya única línea es masculina, escribió con orgullo: Malala.

Ziauddin siempre fue diferente. Tartamudo de joven, heredó de su padre el amor a la poesía y ante la incredulidad de su familia, ganó un concurso de oratoria. La pobreza no lo detuvo, estudió y soñaba con fundar una escuela. Sus hermanas nunca fueron a clases y su esposa dejó de asistir a los 6 años de edad, lo que lamentaría después, cuando su novio le escribía poemas que ella no podía leer.

Él pensaba que todos los problemas de su país se debían a la falta de educación. La ignorancia era un arma de los políticos para engañar a la gente y de los corruptos, para reelegirse. Convencido de que todos, ricos y pobres, niños y niñas, tenían derecho a la escuela, pensaba abrir una donde hubiera pupitres, biblioteca, carteles luminosos… y, sobre todo, baños. Quería estimular el pensamiento independiente y repudiaba que las escuelas premiaran la obediencia por encima del desarrollo intelectual y la creatividad.

Cuando abrió la Khushal School hace 20 años, tenía tres alumnos, hoy son más de mil, en tres edificios. Al nacer Malala, eran 100. Ahí mismo, en uno de los cuartos, vivía la familia de tres, que luego aumentó con la llegada de dos hijos más. Él era director, maestro, administrador, barría y limpiaba los baños. Ese era el mundo de su hija, donde creció, se enamoró de los libros y jugaba a ser maestra. Hasta que el 9/11 lo cambió todo.

“Malala es libre como un pájaro”, repetía Ziauddin. Con la llegada de los talibanes al Valle de Swat, le prometió: “Yo protegeré tu libertad. Sigue adelante con tus sueños”. A los 11 años, la niña descubre el poder de las palabras y encabeza una campaña en defensa de la educación de las mujeres. Ni ella ni su padre, que son profundamente religiosos, se rinden ante las amenazas o se someten a la prohibición de que las niñas asistan a la escuela, mientras que su madre da desayuno y albergue a los niños más necesitados. Si el Talibán encierra a las mujeres, Ziauddin les dice a sus alumnas: “Ustedes tienen tanto derecho a gozar del campo, las cascadas y el paisaje como los niños”.

Yo soy Malala cuenta la historia de esta niña fuera de serie que sobrevivió a las balas del Talibán; que insiste: “Un niño, un maestro, un libro y una pluma pueden cambiar el mundo”, y que a los 17 años es Premio Nobel de la Paz 2014. Pero el libro también es retrato de quien le da alas: “En mi parte del mundo la mayoría de la gente es conocida por sus hijos. Yo soy uno de los pocos padres afortunados conocido por su hija”. Gente como Ziauddin, también puede cambiarlo todo.

adriana.neneka@gmail.com