Cambio y fuera

El odio de Trump salpica

Una cosa es leer o escuchar las declaraciones de odio en boca de Donald Trump hacia los mexicanos y, en general, hacia los latinos y la comunidad hispana en Estados Unidos. O ver a sus fanáticos seguidores aplaudirle rabiosamente cuando dice que deportará a 11 millones de indocumentados, que levantará un gran muro en la frontera, que si llega a la presidencia será para devolverle a "América" su "grandeza" y otras expresiones llenas de racismo y xenofobia. Y otra, distinta, es respirar el odio, concentrado dentro de un automóvil, cuando viene de la boca de un latino.

Recientemente estuve en Texas, un estado que ha votado al Partido Republicano desde 1976. San Antonio era una fiesta. Se celebraba el aniversario de El Alamo y los alrededores del río que serpentea a lo largo del centro de la ciudad eran baile, música, cabezas con coronas de flores, 50 mil personas iban y venían. No había un solo auto disponible para renta, imposibles las tarifas de los taxis, la opción del Uber para trasladarse fuera del River walk parecía una salvación.

Así, llegó el Uber que nos trasladaría de la calle Saint Mary's al aeropuerto para regresar a México. El trayecto de 15.45 kilómetros en 16.10 minutos resultó un encuentro con el odio. Si en Estados Unidos 7 de cada 10 latinos reprueban a Donald Trump, Elman, nuestro conductor, era un claro representante del 3 por ciento que lo aprueba y, para nuestra sorpresa, resultó de origen salvadoreño.

Luego de expresarnos, en español, el orgullo de que un hijo suyo esté en la Marina, otro en la Fuerza Aérea y uno más en Medio Oriente, tocamos el tema de la elección presidencial: "¡Trump, por supuesto que votaré por Trump, solo él dice la verdad, es el único capaz de salvar a este país!". A partir de entonces su voz se hizo grito, sus manos revoloteaban y su boca escupía: "Sí, hay que eliminar a todos los indocumentados que han venido a contaminar esta gran sociedad". ¿Eliminar, cómo?, le pregunté, no sin temor a la respuesta. "¡Que los maten!, que maten a todos, a las familias, a los niños... a todos. Para volver a empezar sin ellos, bien, como Dios manda". Y si no, "mejor que nos caiga de una vez una bomba nuclear".

Elman es prueba del peso de las palabras en la incitación al odio que se contagia entre fanáticos. Incluso, aunque duela, entre algunos latinos como él, que mostró en unos minutos el resultado de la dosis constante de excitación con la que Trump alimenta a sus seguidores.

"Cómo me cansa esa gente que escupe sus sentimientos como si fuera sangre", le dijo un día Rilke a Stefan Zweig (en El Mundo de ayer). Gane o no, Trump ya salpicó el odio.

adriana.neneka@gmail.com