Cambio y fuera

Del heroísmo en 1985

A las 7:19 del 19 de septiembre de 1985 me despierta el sismo. El minuto se eterniza y pienso en el bebé que crece dentro de mí desde marzo, pero no imaginamos lo que sucede en el corazón de la Ciudad de México. Ni agua, ni luz... así que desde el coche y mientras descendemos por avenida Toluca, escuchamos las noticias. Poco después, del otro lado de un teléfono prestado me advierten: "No vengas hoy al periódico, hay fugas de gas por todo Balderas". Impactada, tomo una libreta, oigo la crónica de Zabludovsky y tomo nota de la desolación.

Dos días después me lanzo al Centro, entre los escombros de avenida Juárez noto la desaparición de aquel reloj que, por encima del Hotel Regis, solía indicarme que llegaría tarde a La Jornada. Adentro hervía, reporteros y fotógrafos iban y venían con imágenes del horror grabadas en las pupilas.

Esos días aprendimos que cultura es más que las bellas artes, que palpita en la calle, en lo que hacemos, en lo que recordamos, en lo que expresamos y también en lo que perdemos. Decía Guillermo Tovar: "Cultura no es lo que sabemos, sino lo que somos". Y parte de lo que somos se expresaba, por un lado, en la incapacidad, la corrupción y la parálisis gubernamental. Pero también se revelaba, como nunca antes, el potencial de una sociedad que se organiza sin pedir permiso. Y eso había que registrarlo porque anunciaba un cambio cultural, un adiós al paternalismo frente al autodescubrimiento de un "nosotros" como ciudadanos.

Recuerdo a la Unión de Vecinos y Damnificados del Terremoto (UVyD) que permanece activa; a los Topos que siguen salvando vidas por el mundo; a taxis convertidos en ambulancias y a radioaficionados, en palomas mensajeras; a músicos, teatreros, poetas, artistas plásticos, cantantes y bailarines que se lanzaron al auxilio emocional de la gente en los albergues. Y a miles de voluntarios anónimos con una medalla invisible, al heroísmo cívico, en el pecho.

Leo a José Emilio Pacheco: (...) No quiero darle tregua a mi dolor/ ni olvidar a los que murieron/ ni a los que están a la intemperie./ Todos sufrimos la derrota,/ somos víctimas del desastre./ Pero en vez de llorar actuemos: Con piedras de las ruinas hay que forjar/ otra ciudad, otro país, otra vida.

Y me pregunto si podemos llevar a la vida cotidiana la civilidad expresada en las emergencias; si cultivamos la prevención, si estamos atentos al cambio climático, al cuidado del medio ambiente, al abuso comercial del uso del suelo... Si estamos a la altura, frente a nuevos desafíos, de la sociedad civil que descubrimos en 1985.

adriana.neneka@gmail.com