Cambio y fuera

La fiesta del sentido común

La teoría del don cobra forma hoy en la vida comunitaria de los zapatistas y su resistencia a formas de intercambio basadas en las leyes del dinero.

Así le llamó Jean Rupert a la experiencia vivida en la primera Escuelita Zapatista, que se llevó a cabo en agosto de 2013, en Chiapas, con la participación de mil 700 invitados de todo el mundo. Y tiene razón.

Lo escuché durante una mesa redonda en La Quiñonera, espacio cultural al sur de la Ciudad de México, cuando compartimos reflexiones luego de una semana como alumnos del curso La Libertad según l@s Zapatistas, en alguno de los cinco Caracoles donde las comunidades autónomas indígenas recibieron el pasado diciembre a 2 mil 250 participantes más y, a partir de hoy, acogerán a otros 2 mil 250 que repetirán la experiencia.

Aquello fue “una fiesta del sentido común, de la razón y del encuentro”, dijo el arquitecto suizo radicado en México, luego de convivir una semana con alguna familia zapatista y expresó su gratitud “porque recibimos más de lo que pudimos devolver y tenemos que ser lo suficientemente humildes para aceptarlo”. En palabras llanas, agregó, “la escuelita es un don de los zapatistas a la sociedad civil de México y de otras partes del mundo”.

En esta época de regalos, tiene sentido recordar lo que entiende el autor de La tradición de la opulencia por don: “Es la forma primordial del intercambio, la forma a la que se vuelve cuando el intercambio económico entra en decadencia”. El don es esencialmente gratuito y la obligación de reciprocidad arruinaría la gratuidad. Si hay reciprocidad, debe ser diferida en el tiempo y en el espacio y el contradon no necesariamente se devuelve a quien hizo el primer don. El acto de regalar, escribió el antropólogo Marcel Mauss en su célebre Ensayo sobre el don, “es un dispositivo que engrandece al donante, un acto en el que el don es acompañado de muestras de exagerada modestia donde el valor de lo dado es rebajado visiblemente. Como el compañerismo, el don implica fuertes relaciones de correspondencia y hospitalidad, protección y asistencia mutuas”.

Para Rupert, la teoría del don cobra forma hoy en la vida comunitaria de los zapatistas y su resistencia a formas de intercambio basadas en las leyes del dinero. El investigador recordó una regla de la escuelita que consiste en que estudiantes y votantes (guardianes, guías y traductores; uno para cada alumno) no deben intercambiar direcciones postales o electrónicas ni ha de recompensarse a los anfitriones con regalos. Cuando intenté dejar mi tarjeta personal a Celina, mi entrañable guardiana, y otra a la familia que me hospedó, “por si se les ofrece algo”, ella me dijo: “No, compañera, ¿para qué?”. Y nos bastó el abrazo a la hora de la despedida.

¿Sobriedad zapatista?, se preguntó Rupert y agregó: “Siento que los zapatistas me hicieron un don para el cual no hay contradon posible. ¿Será la parte secreta de su pedagogía? Aceptar un don que no se puede devolver será una lección de humildad primordial. ¿A poco no nos han dicho: ‘Lo que hacemos es para todo el mundo’?”.

Por último, propuso: “La reciprocidad diferida del don es una cuestión que le toca a cada quien meditar en su lugar”. Pronto serán 4 mil 500 personas más las que mediten el invaluable don de la esperanza.

adriana.neneka@gmail.com