Cambio y fuera

La cruzada de los niños (migrantes)

Son más de 47 mil niños de Honduras, El Salvador, Guatemala y México los que han llegado, solos, hasta Estados Unidos en lo que va del año para toparse con la patrulla fronteriza, la detención... Merecen, en “la tierra prometida”, un trato a la altura de su odisea.

Han atravesado la geografía del horror, sortearon a La Mara, a Los Zetas, a autoridades migratorias y policiacas coludidas con las mafias, a polleros o coyotes que los extorsionan, se han jugado la vida a bordo de La Bestia, han visto a otros niños caer del tren o ser sometidos al abuso sexual, han cruzado desiertos y ríos… huyendo de la violencia de sus países y en busca de sus padres.

Son más de 47 mil niños de Honduras, El Salvador, Guatemala y México los que han llegado, solos, hasta Estados Unidos en lo que va del año para toparse, después de su proeza, no con el sueño de reencontrar a sus familias o con el refugio imaginado, sino con la Patrulla Fronteriza, la detención, el albergue hacinado, un plástico como cobija, un tribunal y, en el caso de los mexicanos, la amenaza de una deportación.

En La cruzada de los niños (1896), Marcel Schwob recrea el legendario episodio que tuvo lugar en 1212 cuando siete mil niños partieron de Francia y Alemania con el propósito de llegar a Tierra Santa.

Narra el goliardo: Me ha parecido que todos estos niños no tienen nombre (…) llenaban el camino como un enjambre de abejas blancas. No sé de dónde venían. Eran todos pequeños (…) niños salvajes e ignorantes. Vagan en pos de no se sabe qué. Tienen fe en Jerusalén. Relata el leproso: He estado acechando para chupar sangre inocente del cuello de uno de sus niños. Dice un Papa: (…) son siete mil por los caminos, cada uno con su cruz y su bordón. No tienen qué comer ni llevan armas, están desvalidos y nos avergüenzan (…) mis servidores los han interrogado (…) les han dicho que no van a poder atravesar el mar (…) Ellos rompen los cerrojos durante la noche y franquean las murallas…

Tres niños: Nos hemos puesto en marcha (…) Había hombres que nos maldecían (…) mujeres que nos retenían cogiéndonos de los brazos (...) Y también hubo almas caritativas que nos traían escudillas de madera con leche tibia y frutas (…) En la tierra hay bosques tupidos, y ríos y montañas y senderos llenos de abrojos (…) nos dijeron que nos toparíamos en el bosque con ogros y duendes (…) Los campesinos alzan la vista desde los surcos para mirarnos. Los animales también nos miran y no huyen. Y desde que caminamos el sol se ha ido calentando más (…) Mantenemos así una gran esperanza, y pronto veremos el mar azul. Y al final del mar azul está Jerusalén.

El clérigo: Una afluencia tal podría ser peligrosa para nuestra buena ciudad, dado que todos estos niños están hambrientos por el largo camino recorrido y no saben lo que hacen (…) es de desear que (…) se lleven lo antes posible fuera de nuestra ciudad a toda esa turba extranjera.

Otro Papa: (…) Solos, como pequeños vagabundos poseídos por una fe furiosa y ciega se lanzaron hacia la tierra prometida y fueron aniquilados.

En el prólogo, Borges revela el final: la columna francesa fue secuestrada por traficantes de esclavos y vendida en Egipto. La alemana se perdió y desapareció.

Hoy, personajes y geografías tienen otro nombre, pero dicen lo mismo. Y los niños merecen, en “la tierra prometida”, un trato a la altura de su odisea.

adriana.neneka@gmail.com