Cambio y fuera

La chispa que encendió las brasas

Superar la barrera del miedo es la condición esencial previa de cualquier movimiento. ¿Cómo? A través de la empatía y la comunicación, cuando las personas se encuentran juntas.

A Vicente Leñero

"Nos han deshecho la vida a muchas familias", dice a la cámara de Telesur la madre de Julio César Mondrágon. A su hijo de 22 años, normalista de Ayotzinapa, la noche del 26 de septiembre lo desollaron, le sacaron los ojos y lo quemaron vivo. Pero los ojos negros de Afrodita, su madre, ya sin lágrimas, están bien abiertos y con una voz clara y contundente dice: “El pueblo, el país… mucha gente está indignada y Dios quiera que exista un cambio. De todo esto que venga algo bueno. Un cambio para bien”.

Escucharla me lleva a la idea de Manuel Castells: “Los movimientos sociales surgen siempre por una chispa de indignación, están las brasas ardiendo por muchos agravios, cuando un incidente enciende la pradera”. No son programas, sino emociones, las que los desencadenan. Dice el sociólogo: “Lo primero siempre ha sido la indignación, el no puedo más, exploto, salgo a la calle y grito esperando que alguien me oiga”.

Superar la barrera del miedo es la condición esencial previa de cualquier movimiento. ¿Cómo? A través de la empatía y la comunicación, cuando las personas se encuentran juntas en una misma situación y unidas le dan sentido.

A fines de 2013, Castells dio una conferencia en Guadalajara acerca de la oleada de movimientos sociales emergentes en los últimos años: Islandia, Túnez, Egipto, Irán, los indignados en España, Occupy WallStreet, el #YoSoy132, Brasil, Turquía, Chile, Italia… A pesar de surgir en contextos diferentes, tienen en común: la dignidad, la idea de que no están siendo representados por sus gobernantes (dos terceras partes de los ciudadanos del mundo lo percibe así); se gestan en internet, pero se constituyen en movimiento ocupando el espacio público urbano para hacerse visibles y decir “sí existo, soy persona, no un avatar”; son movimientos autónomos y descentralizados donde no hay liderazgos; son virales y se propagan velozmente por el país y por el mundo; se mueven en espacios no controlados como las redes digitales; son autoreflexivos y no violentos; son la expresión de la sociedad en toda su diversidad, por lo que no tienen unidad ideológica o programa definido; generalmente son apoyados por la opinión pública “hasta que aparece la violencia provocada por unos cuantos radicales o por agentes del poder para deslegitimizar al movimiento”.

El contexto global: una profunda crisis de legitimidad política y desconfianza en las instituciones oficiales, en los partidos y en los gobernantes. Y eso, advierte Castells, “sucede en todo el mundo, menos en Escandinavia”.

Son estos movimientos los que cambian a la sociedad y aunque se disuelvan, “por represión, por cooptación o por cansancio”, lo importante es la semilla que siembran en la mentalidad de la gente. Un día se tachó de revoltosos a quienes se atrevieron a imaginar que negros y blancos pueden ser iguales, que los indios tienen su propia cultura, que las mujeres tienen derecho al voto, que los gobernantes deben responder a los ciudadanos, que hay algo llamado libertad de expresión...

Estamos, dice, en un proceso de transformación histórica: esperanzador y peligroso, pero necesario.

adriana.neneka@gmail.com