Cambio y fuera

Zapotlán de Orozco

José Clemente Orozco en la primaria que lleva su nombre, donde un pintor lo retrata y un cuentacuentos lo invoca; el muralista en el Jardín Principal, donde un grupo de niños recita una larga poesía en su honor y luego canta un himno a sus pinceles; el artista en los ecos de su obra plasmados por otros en el palacio municipal y en la bóveda de un kiosco; el autor de El hombre en llamas en el espíritu de los jóvenes que pintan las bardas junto al estadio de Santa Rosa, en la ofrenda floral bajo su estatua en la plaza pública… José Clemente Orozco, el 23 de noviembre, en el 130 aniversario de su nacimiento, vibra en la memoria de Zapotlán el Grande, un pueblo que quiere reescribir su historia a partir de su cultura y sus artistas.

Zapotlán el Grande huele a la pintura de Orozco, a La feria de Juan José Arreola, a las letras de Guillermo Jiménez, a la música de José Rolón, a las canciones de Consuelito Velázquez, a los ojos de Lupe Marín y a toda una pléyade de talentos aquí nacidos. Pero el fin de semana pasado, esta tierra al sur de Jalisco, rodeada de montañas, de cara al Volcán de Colima y a la “Media Luna” que conecta con el universo de Rulfo, se entregó al autor de La trinchera. Y lleva consigo el viejo anhelo de rebautizar la ciudad con el nombre de Zapotlán de Orozco y de reivindicarse con el pintor a quien, en vida, los sectores más conservadores de esta sociedad le negaron los muros.

Primero se llamó Tlayolan, luego Tzapotlán (que en náhuatl significa “lugar junto a los árboles del zapote”), después Tzuputlán y pueblo de Santa María de la Asunción de Zapotlán, y a partir de 1788: Zapotlán el Grande, hasta 1856 cuando el entonces gobernador Santos Degollado lo rebautizó Ciudad Guzmán, en honor al combatiente independentista Gordiano Guzmán. Cuenta Héctor Alfonso Rodríguez, biógrafo de Guillermo Jiménez, que fue este narrador, poeta y diplomático, autor de Constanza, quien pidió la restitución del antiguo nombre y fue hasta 1997 que se aprobó el cambio. Hoy, el municipio se llama Zapotlán el Grande y su cabecera Ciudad Guzmán.

En una bella colina, donde Juan José Arreola construyó su casa-taller, desde donde se miran la laguna, el pueblo, los montes, y se imparten talleres literarios, Orso Arreola comparte los tesoros de su padre que guarda con devoción. Entre ellos, el texto que escribió en 1949: “Ha muerto el más grande de los hijos de Zapotlán (…) Lo vemos alzarse extraño y casi desconocido, como una montaña abrupta, impasible al soplo de los grandes vientos”. Y su propuesta: “Qué bueno sería si Zapotlán, que ha tratado de reconquistar su antiguo nombre, lo hiciera ahora uniéndolo al del más insigne de sus hijos. Si se llamaba Zapotlán el Grande, la designación de Zapotlán de Orozco no desmiente su pretendida grandeza, sino que la verifica en el genio de José Clemente Orozco”.

La idea, retomada por artistas y creadores locales en los setenta, no prosperó. Quizá sea posible ahora, cuando en lugar de árboles de zapote brotan aquí pintores, cuentistas, poetas y un pequeño gran ejército de investigadores y promotores culturales que quieren reescribir
su historia.