Cambio y fuera

Ruanda, el perdón como política pública

El genocidio no es un evento, es un proceso. Igual que el perdón. Y en este sentido, Ruanda ofrece una enseñanza. Ante una generación traumatizada, tanto de víctimas como perpetradores invadidos por la culpa, se emprendió un proyecto nacional de reconciliación.

Hace 20 años en Ruanda inició uno de los genocidios más vergonzosos en la historia de la humanidad. En solo 100 días fue masacrado un millón de personas ante la mirada impávida del mundo. El extremismo hutu ordenó el exterminio de una minoría tutsi que, dos décadas después, en el poder, enciende la Llama del Duelo Nacional que arderá durante tres meses en Kigali, la capital del país.

Los hutus y los tutsis habían convivido pacíficamente durante siglos, compartieron el territorio y las bellísimas colinas que los rodean. La colonización belga, después de la Primera Guerra Mundial, los dividió, privilegió a los tutsis y difundió, durante años, la discriminación, la idea de que eran diferentes, para controlarlos mejor. Y fueron sembrando el odio y la violencia que reventó masivamente en 1994 cuando murió el presidente y tomaron el poder los radicales hutus que idearon la aniquilación de los tutsis e incitaron la matanza entre vecinos, entre amigos, entre familias mezcladas.

El genocidio no es un evento, es un proceso. Igual que el perdón. Y en este sentido, Ruanda ofrece una enseñanza. Porque ante toda una generación traumatizada, tanto de víctimas, por el horror que vivieron, como de los perpetradores de la violencia, invadidos por el sentimiento de culpa, gobierno y sociedad emprendieron un proyecto nacional de reconciliación que atraviesa todas las esferas. En la educación promovieron la cultura de la paz y la tolerancia; impulsaron el ejercicio de la memoria para poder lidiar con el futuro, construyeron un museo, un memorial, un centro de documentación; en los carnés de identidad erradicaron la diferencia étnica y unas 800 mil personas fueron acusadas de genocidio y 70 mil comparecieron ante la corte. Mientras, en las aldeas reanudaron una antigua práctica llamada “cachacha”, reunión semanal de vecinos donde sobrevivientes, “perpetradores” y testigos cuentan la verdad.

Hoy Kigali es la ciudad más limpia de África, el crecimiento económico ronda ocho por ciento, disminuyeron la mortalidad infantil y la malaria y es, según la Unesco, uno de los tres países del mundo que más han reducido el número de niños sin escuela. En su Parlamento, 64 por ciento de los escaños están ocupados por mujeres.

Una cosa es la reconciliación nacional y otra el perdón, que es personal, pero hay políticas públicas que lo favorecen. Y un ejemplo asombroso es el que publicó El New York Times el domingo pasado con una serie de fotografías. En cada una de ellas aparece un hutu al lado de una tutsi que lo ha perdonado. Por haber matado a sus padres, a sus hijos, por haber quemado su casa… Es el resultado de un largo acompañamiento profesional a ambas partes que culmina con el perdón en una ceremonia con música y danza. Las fotos de Pieter Hugo con testimonios recogidos por Susan Dominus se exhibirán en todo el país.

El perdón, dice el colombiano Leonel Narváez, “es un aseo cotidiano del corazón, una herramienta de altísima tecnología de comunicación y de refinamiento político. El que perdona se posesiona políticamente y puede decir que trascendió a su papel de víctima, que salió victorioso.”

adriana.neneka@gmail.com