Cambio y fuera

Raquel Tibol

En noviembre de 1953, Raquel Tibol dejó caer una hoja vestida de tinta en las páginas de México en la Cultura. Era una entrevista a Luis Buñuel y su primer artículo publicado en México, la primera de una montaña gigante de hojas que a lo largo de 60 años abonaron el terreno del arte y la cultura e hicieron del acto de ver “la operación más intelectual de nuestros sentidos”, como le dijo Alfonso Reyes.

La mirada de lince de Raquel Tibol apuntó a los objetos y seres luminosos que hacen posible una mejor vida en la tierra. Así documentó gran parte de la historia del arte mexicano del siglo XX y tendió puentes con el mundo para conectarnos con el arte universal y sus creadores más notables.

Desde una sensibilidad alimentada por el conocimiento, la disciplina, la constancia y el espíritu crítico, Tibol nos enseñó a ver a través de su trabajo como crítica de arte, investigadora, museógrafa, curadora y autora de más de 40 libros. No hay artista visual, movimiento o propuesta estética que escapara a la mirada de esta activista cultural siempre lista para poner el dedo en la llaga y llamar a las cosas por su nombre. Su vocación por la polémica y sus tibolazos en Proceso sacudían al medio, lo hacían vibrar, gracias a textos donde quedaba claro que la crítica es un género literario, que el rigor no está peleado con la pasión y que la historia del arte puede contarse sin echarle llave a la emoción. Independiente, enemiga de complacencias y amiguismos, su voz siempre soltó chispas con la autoridad que dan la congruencia y el dominio de la palabra.

Entrevistarla era un lujo: exponerse a una cátedra, a una memoria prodigiosa y a una mujer libre y de convicciones. Recordaba su infancia en Basavilbaso, Argentina, y su adolescencia llena de lecturas: Dickens, García Lorca, Shakespeare, Vallejo, Kafka… Apasionada de la danza, el teatro, el cine y la literatura, publicó allá, en 1950, su primer libro: Comenzar es la esperanza. En Chile, poco después, la atrapó el periodismo cultural y desde que llegó a México para trabajar con Diego Rivera ocupó un sitio en toda revista, suplemento, estación de radio o canal televisivo con espacio para el arte y la polémica.

Decía: “Por pequeña que sea nuestra presencia en el juego de las tensiones contemporáneas, debemos esforzarnos por optimizar esa presencia, nuestra porción de poder, que no es financiero ni militar, sino definitivamente espiritual”.

Su legado es monumental. Como la tristeza que deja con su silencio y el aplauso de gratitud que se merece.

adriana.neneka@gmail.com