Cambio y fuera

Pacheco sí los tomaba en serio

Confesó dos frustraciones: no escribir teatro ni textos infantiles. Que los niños vuelvan a leer poesía era el deseo de José Emilio Pacheco. La infancia cree en la palabra, decía él.

José Emilio Pacheco tomaba muy en serio a los niños. El niño tiene la intuición de que no es preciso formar / una secta aparte o sentirse / superior a los otros para hacer poesía. / La poesía se halla en la lengua, / en su naturaleza misma está inscrita. / Y sus primeras frases son poéticas siempre. / Como un poeta azteca o chino, / el niño de dos años se interroga y pregunta: / —¿A dónde van los días que pasan?

Los tomaba tan en serio que tradujo 20 libros para niños y dirigió la colección Clásicos Infantiles Ilustrados, que editó en los ochenta René Solís (Promexa), con tirajes de 30 mil ejemplares por título. También tradujo la versión adaptada para los más pequeños que hizo el propio Lewis Carroll de su Alicia en el país de las maravillas.

Pacheco tomaba tan en serio a los niños que tradujo una selección de adivinanzas clásicas griegas para ellos y junto con algunas de su creación —“intentando imitar a los griegos”— las publicó en El espejode los ecos en voz, (2012, Conaculta). Le fascinaban las adivinanzas, “algo que está ahí y que no se puede ver” (Dices mi nombre si callas: el silencio). Apenas en abril de 2013, las leía en voz alta junto a su amigo Juan Gelman que presentaba su libro El ciempiés y la araña. Esa noche, en el Centro Cultural de España, recordó que el primer libro que leyó en su vida, a los seis años, fue El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Pero también confesó dos “grandes frustraciones”: no escribir teatro ni textos infantiles, porque escribirle a los niños, dijo, “es una genialidad muy especial”.

Esa genialidad “especial” habita muchos de sus poemas. Quizá porque la sensibilidad del poeta se conecta con la del niño. O porque, como decía Breton, una obra de arte es “la que nos hace recobrar la frescura de la emoción de la infancia”.

Pacheco siempre retuvo la curiosidad, la imaginación, la fantasía, el juego y la capacidad de asombro de la niñez. Por eso, Era editó en 2004 Gota de lluvia y otros poemas, dirigido a niños y jóvenes. Así lo leemos desde la infancia: Sobre un espacio del segundo / el tiempo / deja caer la luz sobre las cosas. O: El viento trae la lluvia. / En el jardín / las plantas se estremecen. Y: El futuro nunca lo vi: / se convirtió en ayer / cuando intentaba alcanzarlo… Así, él y Vicente Rojo hicieron juntos el libro Circos, donde la pluma del poeta habla por el domador, el ilusionista, el payaso, el trapecista, la mujer barbada, el hombre gusano… mientras que el artista plástico construye sueños de colores. Más recientemente, escribió el prólogo para la nueva edición de Zoología fantástica, de Borges, ilustrada por Toledo (Artes de México, Arvil, 2013) donde leemos de las hormigas, de la abeja reina, del guijarro… ¿Hablan los animales? / del gato se sospecha / Que domina cualquier idioma. / Pero se niega a que nos enteremos / Con el único objeto de no servirnos. Y hace posible “la voluntaria suspensión de la incredulidad” de la que hablaba Coleridge al referirse a la fe poética.

Que los niños vuelvan a leer poesía era el deseo de José Emilio Pacheco, revela Cristina. La infancia cree en la palabra, decía él. Y lo tomaba muy en serio.

adriana.neneka@gmail.com