Cambio y fuera

El Nevado, la desconfianza

Luego de ver comunidades enteras hundidas por los deslaves, pueblos arrasados por ríos que retomaron su cauce original, territorios inhóspitos y desolación humana a causa de lluvias que no encuentran bosques y selvas que las acojan, despertamos el 2 de octubre con la noticia de que el Nevado de Toluca dejó de ser Parque Nacional para convertirse en Área de Protección de Flora y Fauna. Por decreto presidencial.

La organización californiana Jean Michel Cousteau’s Ocean Futures Society, en una carta a David Korenfeld, director de la Comisión Nacional del Agua, advirtió que una decisión así “es como si en Estados Unidos los parques nacionales de Yellowstone, Yosemite, el Gran Cañón y otros más fueran abiertos para la explotación forestal o el desarrollo urbano”. Entre otras ONG, Greenpeace también señaló el riesgo de que los ecosistemas forestales de la zona se deterioren aún más y recordó que las descargas hidrológicas del Nevado alimentan los ríos Lerma y Balsas que, a su vez, proveen de agua a Toluca, el Valle de México y, hacia el sur, hasta Guerrero.

El Nevado fue Parque Nacional desde que Lázaro Cárdenas así lo decretó en 1936. Su reclasificación actual implica que solo la zona del cráter, es decir, 4 por ciento de las 53 mil 590 hectáreas originales, seguirá siendo estrictamente protegida, mientras que en 96 por ciento de la superficie serán permitidas, entre otras actividades: el turismo sustentable, el manejo forestal, el aprovechamiento extractivo y no extractivo de la vida silvestre, actividades agrícolas y pecuarias, construcción y mantenimiento de infraestructura pública y privada…

A las reacciones en contra, la Semarnat respondió que la reclasificación del Nevado es “la única forma” de proteger al volcán de su progresivo deterioro. Y voces respetadas como la de Gerardo Ceballos, del Instituto de Ecología de la UNAM, y otros académicos y ambientalistas opinan que cambiar el estatus de la zona permitirá intervenir y vigilar la explotación de los recursos naturales, regular la deforestación que ha destruido más de 25 por ciento del bosque, detener la erosión del suelo y promover acciones comunitarias de conservación y aprovechamiento sustentable con unas 10 mil personas que tienen propiedades en las partes bajas del Nevado. Algunas están ahí desde 1936 y realizan actividades ganaderas, agrícolas y de tala, que se prohibieron desde el decreto de Cárdenas, pero que el Estado fue incapaz de detener. Hoy, dicen, será posible controlarlas con una nueva normatividad, incompatible con el estatus de Parque Nacional. Por su parte, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental insta a la Semarnat a darle celeridad a la expedición de un Plan de Manejo que deberá presentar, por ley, antes de un año.

En el discurso, aquéllo parece razonable. Pero la desconfianza ciudadana también lo es, por la corrupción que nos rodea y las graves consecuencias que ha traído a este país en lo relativo al mal manejo de los recursos naturales cuando se imponen los intereses económicos.

Me quedo con la pregunta: ¿relajar la protección al Nevado de Toluca es la mejor vía para salvarlo?