Cambio y fuera

Navidad

Para Pamela

 

La puesta del árbol duraba tres días. El primero íbamos a comprarlo por la  noche, luego llegábamos a casa a preparar, con jabón y agua, una fórmula que untábamos en cada una de las ramas para que simulara nieve. Había que dejarlo secar, para, al día siguiente, decorarlo con foquitos, esferas, escarcha y todo lo que se le puede colgar a un arbolito. El ritual terminaba con la colocación de la estrella en la punta. El tercer día poníamos el nacimiento,  espejos que simulaban lagos, cascadas de pelo de ángel, musgo, heno, las figuras… y nos turnábamos el derecho de acomodar, hasta el final, al niño Jesús. Ese viejo nacimiento de yeso pintado es el mismo que ponemos, con mis hijos, hasta hoy.

Mi papá, que era medio gringón, ponía todos esos días el álbum de Navidad de Ray Coniff como fondo musical. La orquesta aquella nunca correspondió a mis gustos, pero ese disco sí y, a manera de homenaje, lo escucho cada Nochebuena. A mis hijos y sobrinos les da risa, pero quizá algún día harán lo mismo.

Los sábados me iba en camión con mi abuelita, Mane, a ver al Santalós del gran aparador de Sears Insurgentes. Me fascinó hacerlo hasta que vi una película mexicana en la que aparecía, frente a la misma vitrina, un diablo con cola y cuernos que tentaba a una niña a robarse una muñeca. La escena me aterró. Y es que a mí nadie me asustó con el demonio o el infierno. Fue al cine al que sí le creí. A veces también íbamos a Woolworth y mientras ella se sentaba en la barra a tomar café, yo miraba hipnotizada las máquinas donde se hacía el jugo, o me lanzaba a mirar las peceras, las bicis, los juguetes.

Pero la llegada de Santa era el día del año más esperado para mí. Todos en casa, mis padres y mis hermanos, se iban el 24 a la cena familiar en casa de unos tíos. Nunca fui. Decía que tenía fiebre, que me dolía la panza... y me quedaba sola a esperar al barbón con su trineo. No pegaba el ojo en toda la noche. Escuchaba a los renos, veía por la ventana la nariz roja de Rudolf, me ponía tensa, no quería ni respirar del susto porque imaginaba: “ahorita ya está colocando los regalos”.

Despertar a mis padres con mis hermanos para descubrir las sorpresas debajo del árbol hacía de aquellas las mejores mañanas del mundo…

Todo eso rememoro mientras escucho en la sala Nezahualcóyotl el concierto navideño de la Orquesta Sinfónica de Minería. Al final, la sala entera corea: “Uno, dos, ...43… ¡Justicia!” Y en ese momento despierto del ensueño, cuando muchos de los protagonistas de mis recuerdos ya no están aquí, cuando miro en el periódico la foto de una madre de Ayotzinapa con un cartel que dice: “Feliz Navidad, Hijo Mío, donde quiera que te encuentres…”, que es como un mensaje dentro de una botella lanzada al mar y que revela el sentido profundo de estos días.

Gracias a esa mujer humilde que, en medio de su dolor, lanza un mensaje amoroso de esperanza, hoy revaloro la tradición que evadía en la niñez: compartir la mesa alrededor de una vela con tus seres queridos y abrazarlos porque, como dice Paul Auster, el ritual familiar aporta continuidad y cohesión, es “un ancla simbólica que impide la deriva a mar abierto”.

 

adriana.neneka@gmail.com