Cambio y fuera

Museo de Antropología, 50 años

El valor del Museo Nacional de Antropología trasciende sus muros y enriquece el entorno urbano, le da lugar al orgullo, a la identidad, a la idea de un patrimonio compartido en un espacio que ha sabido conservar la función.

Dicen que los museos son el antecedente de la globalización cultural. Al abrir sus puertas se tienden puentes con el mundo, se emprenden viajes imaginarios a las épocas más remotas de la humanidad, se transgreden el espacio y el tiempo y se establece un diálogo con la diversidad humana.

Hoy, que celebramos los 50 años del Museo Nacional de Antropología, cuyas puertas se abrieron al público el 17 de septiembre de 1964, cabe preguntarse qué función tienen los museos en el siglo XXI.

A lo largo de la historia esa función ha ido transformándose según el espíritu de cada época. En la antigua Grecia, el mouseion es la casa de las musas, hijas de Zeus y de Mnemósine, la memoria. En el siglo V a.C. nacen las Tesauroi o núcleos de tesoros de templos y santuarios, ya no como ofrendas a los dioses, sino como piezas para admirarse, y surge en la Acrópolis la primer Pinakotheke. Más tarde, Roma concibe al museum como las casa de los botines del Imperio. Durante el Renacimiento, decisivo para la historia del coleccionismo, aparecen los “gabinetes de curiosidades”, integrados por acervos privados, y es hasta el siglo XVIII en Europa que el museo se hace público, con el afán de la conservación pero también de la exhibición.

En México, es con Guadalupe Victoria, en el siglo XIX, que se decreta la creación del primer Museo Mexicano en el Palacio de Moneda. De ahí salen las colecciones que albergará en 1964 el nuevo recinto diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez en Chapultepec. Y se inaugura un espacio que cambia la idea de los museos, ya no como almacenes de tesoros, sino como instituciones educativas que buscan tejer historias, sacudir la curiosidad, el deseo de conocimiento y, en este caso, mostrar a México y al mundo la importancia de la herencia indígena como origen de nuestra identidad.

En el MNA se han formado arqueólogos, museógrafos, restauradores y curadores de primer nivel que dan dinamismo a la expresión tangible de nuestra memoria prehispánica representada en 8 mil piezas expuestas, muchas más en bodegas y en los códices y documentos que se preservan en las bóvedas. Por sus salas temporales han transitado colecciones de las grandes civilizaciones del mundo como China, India, Grecia, Egipto… Y se hacen presentes artistas contemporáneos como Ai Weiwei o Manuel Felguérez, cuya obra dialoga estos días con el pasado, como lo hizo Rufino Tamayo con su mural Dualidad.

Uno de los retos del museo ha de ser hoy darle a las culturas indígenas vivas, en las salas etnográficas, la dignidad que se les otorga a sus antepasados. Y otro: el diseño de estrategias creativas e inteligentes para aumentar la interacción con las nuevas generaciones, cuya memoria e identidad se configuran ya de otra manera.

El valor del MNA hoy trasciende sus muros y enriquece el entorno urbano, le da lugar al orgullo, a la identidad, a la idea de un patrimonio compartido en un espacio que ha sabido conservar la función de “celebrar con los polvos de la historia, el alma de los pueblos para dotar de sentido el devenir de los hombres”, como escribió un día Alán José.

adriana.neneka@gmail.com